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Opinión | Cuestión de convivencia

Jordi Puntí

Jordi Puntí

Escritor. Autor de 'Confeti' y 'Todo Messi. Ejercicios de estilo'.

Fanáticos de hoy y siempre

Monjas y fieles cristianos palestinos asisten a una misa del Viernes Santo en la iglesia católica de Santa Catalina, en la ciudad de Belén, en Cisjordania, ocupada por Israel, el 3 de abril de 2026

Monjas y fieles cristianos palestinos asisten a una misa del Viernes Santo en la iglesia católica de Santa Catalina, en la ciudad de Belén, en Cisjordania, ocupada por Israel, el 3 de abril de 2026 / HAZEM BADER / AFP

En su último libro, 'Stay Alive', Ian Buruma reconstruye la vida cotidiana en Berlín entre 1939 y 1945, a través de periódicos, cartas y testimonios. Buruma muestra cómo la mayoría de berlineses (no judíos) no fueron fanáticos ni resistentes, sino que se adaptaron a la situación. Al inicio de la guerra, la vida parecía casi normal: los ciudadanos iban a conciertos, al fútbol o al cine. Poco a poco esa normalidad se convirtió en indiferencia ante la persecución o la violencia, y según avanzaba la guerra —los bombardeos, la escasez de alimentos, el miedo— su actitud se volvió aún más pragmática: su objetivo era seguir vivos, si hacía falta colaborando. En 1945, con el ejército soviético a las puertas de un Berlín medio derruido por las bombas, las S.S. y la policía militar buscaban desertores y ciudadanos “cobardes” y los colgaban de las farolas en la calle. Buruma cuenta que los berlineses pasaban por debajo muy rápido, intentando no verlos.

Esta terrible imagen me ha recordado la decisión del parlamento de Israel, que el lunes aprobó la pena de muerte para los palestinos acusados de terrorismo —en un sentido muy amplio y manipulable del término—: serán ahorcados. El día antes, domingo, la policía israelí había prohibido que se celebrase la misa de Ramos católica en el Santo Sepulcro. Son señales que fijan la deriva fundamentalista de un estado religioso, en apariencia muy distante de la teocracia islámica de Irán, pero en la práctica con similar intolerancia. Israel cuenta con una población del 15 por cierto de ultraortodoxos, que con sus privilegios y demandas condicionan el arco político y la vida cotidiana de un país militarizado, y a saber si esa normalidad se ha vuelto ya indiferencia.

En plena Semana Santa, quizás debemos agradecer que aquí la convivencia entre religiosos y laicos sea plácida como un día de vacaciones, entre el recogimiento de una procesión o el placer de comer la mona. Aunque entonces veo la pasión desatada de algunas procesiones, o el fervor patriótico con que desfilan los Legionarios de Cristo, y me doy cuenta de que la línea que separa las tradiciones del fanatismo es muy delgada.

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