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Opinión | Espectáculos
Luis Costa

Luis Costa

Luis Costa es periodista y escritor, autor de Dance usted. Asuntos de baile (Anagrama, 2022)

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Fiesta

En Catalunya, por más que nos tengan por sosos y rancios, la tradición discotequera es larga y movida. Empezando por las clásicas salas de baile

Imágenes históricas de la discoteca Big Ben de Golmés

Imágenes históricas de la discoteca Big Ben de Golmés / cedida por Segre

En este país nos lo sabemos pasar bien, muy bien. No hay pueblo que no tenga sus propias fiestas, y los parroquianos de unos y otros compartimos esos exaltados momentos de jolgorio y pertenencia. España es una fiesta. El clima y la gastronomía acompañan, también nuestro talante expansivo y disfrutón. Para muestra un botón, bien reciente: las Fallas de Valencia. Tengo buenos amigos valencianos y las Fallas son, para todos ellos, sagradas. Cuando traté de concretar día y hora para realizar una entrevista para un proyecto editorial en el que ando conspirando, me contestaron “llámame después de Fallas”. No es extraño, pues, que el nuestro sea un país al que se le dan bien las discotecas. Ese espacio debidamente acondicionado para el disfrute de la música y el baile. Aquí, son un buen negocio.

Mucho antes de que los festivales y los macroeventos de música electrónica reunieran a miles de personas en recintos al aire libre para danzar ⎯aprovechando el gusto español por estirar el verano y sus posibilidades al máximo⎯ las discotecas allanaron el terreno de este masivo fenómeno que, hoy en día, reporta pingües beneficios. Todo empezó en Eivissa donde, en los años ochenta, Ku pasaba por ser considerada la mejor discoteca del mundo. Y en las costas catalana y levantina. Esta última acabó engendrando la infame Ruta del Bakalao, con algo más de una decena de enormes discotecas conectadas en un circuito fiestero sin fin. Templos del baile como Barraca, Chocolate, Espiral, Spook, Puzzle, N.O.D, A.C.T.V o Isla, sala con una capacidad para cinco mil almas. Un asunto de baile que, en la década de los noventa y los dos miles, tuvo su extensión y expansión natural en Catalunya, con la descomunal y masiva escena de la música mákina. Locales como Pont Aeri o Chasis metieron a miles de makineros cada fin de semana durante varios años.

Y es que aquí, en Catalunya, por más que nos tengan por sosos y rancios, la tradición discotequera es larga y movida. Empezando por las clásicas salas de baile, como la desparecida Cibeles (1940), la Sala Apolo (1943) o la recientemente recuperada La Paloma (1903), considerada la más antigua de Europa. Ambas, estas dos últimas, en activo y programando semanalmente conciertos y sesiones de música dance. Pasando por los primeros templos modernos de los sesenta y setenta, como el mítico Bocaccio, donde se reunía la Gauche Divine más nocturna y golfa. Y otras tantas como Trocadero, Metamorfosis, Camelot o Key Club. O por los referentes de la costa, como las diversas sedes de la marca Pachá o la desaparecida Atlántida, y otras tantas que se han quedado por el camino. Como la legendaria sede barcelonesa de Studio 54, otro referente del asunto. Florida 135 en Fraga, La Sala del Cel en Girona o Blau en Banyoles, son otras discotecas que han marcado a varias generaciones y la vanguardia del 'clubbing'. Como lo es también la veterana 'discoteca surrealista' gerundense Le Rachdingue, fundada en 1968 y cuyo logotipo es obra de Salvador Dalí. Será por discotecas.

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