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Opinión | La Calle Nueva

Juan Cruz Ruiz

Juan Cruz Ruiz

Periodista y escritor

El estadio roto

El cántico de la vergüenza, por Carme Barceló

Más insultos que goles en el insulso empate entre España y Egipto en Cornellà

Lamine Yamal durante el partido entre las selecciones de España y Egipto.

Lamine Yamal durante el partido entre las selecciones de España y Egipto. / Alberto Estévez / Efe

El rostro de Lamine Yamal explica mejor que mil palabras lo que debió de pasar por la mente del joven futbolista cuando un grupo inmenso de energúmenos se burló de los que, como él, saltaron al campo representando a España para jugar un amistoso en el estadio del Español.

Al otro extremo del futbolista había un gentío cuyas burlas deben ser ahora objeto de investigación y de reprimenda. Porque lo que ocurrió es mucho más que la expresión ruin, maleducada, de la grada: es también un terrible insulto a la democracia, al modo de ser de un país que, desde hace más de cincuenta años, quiere ser representado por lo que es desde que acabó la dictadura: una democracia, el lugar respetuoso de la convivencia.

Lamine y todos los que con él iban a jugar este partido de fútbol se aprestaron a hacerlo en buena compañía, en un lugar civilizado, en el estadio de una ciudad por lo menos universitaria. Todo quedó manchado desde la grada gritona e insultante. Y si no se remedia, esa mancha estará ahí para siempre, colocada en la historia de los que se sentaron a ver el partido desde un estrado, el de los directivos, que ahora seguirá manchado por el recuerdo de la inepcia.

Unos y otros futbolistas, los españoles y los contrarios de este amistoso, los futbolistas egipcios, fueron zaheridos por quienes, desde la grada, degradaron el juego, mancharon la historia del campo, insultaron a quienes, a un lado y al otro, tienen sus ideas o su fe, y abochornaron gravemente a los visitantes. Contra éstos, además, fueron lanzados los peores, los más ruines, insultos, que fueron también, por cierto, los que más contrariaron al mejor futbolista español de esta época.

El insulto fue la parte más visible de la diatriba. Pero no fue tan solo ese modo barriobajero de comportamiento el que debe avergonzar lo que significa para este tiempo y para su futuro. Los directivos españoles tardaron siglos en darse cuenta de que aquello que estaba ocurriendo era gravísimo para España. Para el fútbol y para ellos, incapaces de advertir que tras aquel insulto sin fin y sin sentido había una terrible herida para la España democrática que se exhibe también gracias a lo que importa este deporte.

El joven futbolista del Barça, en esta ocasión representando a su país en una contienda sin gran importancia, expresó primero el disgusto que le produjo la mala educación del graderío. Se le vio en el rostro, se prolongó este malestar en el resto de los jugadores y, por supuesto, llegó como un escupitajo ruin a los jugadores contrarios, los otros destinatarios de esta horrible venganza de los maleducados.

El asunto esencial, el que aquí se dirime, es el racismo, esta parte hedionda que se aloja en la cabeza y en la lengua de los perversos que van al campo, o a la calle, o a las gradas, a burlarse de quienes no son de su misma religión, peor aún: de los que no son de su misma ideología.

Lo que ocurrió este martes tiene que ver con este tiempo y con estos modales, y proviene de muchas fuentes que también podrían llamarse cloacas. Se trata de lanzar piedras, en sentido figurado, pero no tanto, contra aquellos que son de ideología distinta, o de piel diferente, o, simplemente, del otro bando.

En los últimos años ocurre que el equipo de Vox, el partido de la ultraderecha española que aspira a acabar con los años de la democracia, organiza en las calles y en las universidades y en los hemiciclos, diatribas destinadas a destruir la vida común de la convivencia. Lo hacen con el apoyo de quienes los amparan en los medios de comunicación y les ríen las gracias.

Durante meses y años se han reunido en calles muy significativas de Madrid, por ejemplo en Ferraz, donde reside el partido del Gobierno, para insultar y vejar a los que allí hacen sus trabajos, de ideología distinta a la que ellos proclaman. Esa manifestación de odio al otro está, además, ratificado por parte de la Iglesia que los ampara, y de hecho es junto a una iglesia donde suelen concentrarse los que reniegan de la democracia y reclaman, para el futuro, lo que fue el más terrible pasado, la dictadura. Lo que ahora sucede es un síntoma más de la ruindad con la que se trata al otro, al que opina distinto, al que mantiene la pasión de compartir la democracia. Desde las gradas del fútbol se han visto ahora las consecuencias de la mala educación que precede a la maldad.

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