
Escritor
El instante preciso
El caso de Noelia Castillo nos interpela porque todos sabíamos que iba a morir un jueves a las seis de la tarde. Saber la fecha y la hora exactas nos desconcierta
El 'caso Noelia' impulsa a varios expertos a pedir más atención sobre los condicionante sociales de la salud mental

Noelia Castillo Ramos, joven de 25 años que falleció por eutanasia / Antena 3
Del caso de Noelia Castillo me fascinan (o me hielan el corazón, quizás mejor) dos detalles. Ambos tienen que ver con que, por los motivos que ya sabemos, su eutanasia se convirtió en un asunto de interés general. Si no hubiera sido así, si Noelia Castillo hubiera sido una de las cerca de 400 personas que han accedido a este derecho en Catalunya, desde la aprobación de una ley que prevé la financiación de una prestación contemplada en la cartera común de los servicios que proporciona la sanidad pública, si el padre y los abogados que le asesoraron (dejémoslo aquí) no hubieran dilatado el proceso más allá de 600 días terribles, la radicalidad de su decisión se habría concentrado en la intimidad de la familia. Como ocurre, por ejemplo, en una película excelente, 'Polvo serán', donde asistimos a la decisión primera, a los prolegómenos, a la fría serenidad de la habitación donde todo acabará, al momento a partir del cual la elección es irreversible. De todo esto, no habríamos sabido nada. Se añade a todo eso, también, la famosa entrevista a Noelia Castillo en un programa de televisión, que utiliza el material que han grabado (no allí donde vivió en los últimos meses y donde moriría al fin, una residencia sanitaria, sino en el piso de un familiar, con todas las connotaciones lacrimógenas que esto genera) con un planteamiento ciertamente pornográfico. No por lo que dice la chica, sino por el montaje, por la voluntad de la productora de incidir en imágenes y aspectos que refuercen la lectura sentimental del caso.
De la muerte de Noelia Castillo habríamos sabido poco. Sin embargo, las tristes circunstancias del asunto nos abocaron a una reflexión. No hablo del ejercicio de la eutanasia (un tema delicado en extremo, pero un derecho, ¡recordémoslo!) ni de la bazofia ideológica que algunos exhibieron con apariencia de piedad. Hablo de los límites, de la constatación explícita de la muerte. Este caso nos interpela porque todos sabíamos que iba a morir un jueves a las seis de la tarde. Saber la fecha y la hora exactas nos desconcierta, nos introduce en un marco que diluye la vaguedad del “nemini parco”, el “no perdono a nadie” de la muerte vestida de Bergman y que juega al ajedrez: aquí se concreta el instante preciso. Es una cita programada –que solo saben quienes la viven, solo la viven quienes la han previsto –, la posibilidad de controlar el límite, de decidir que sea sentencia y no probabilidad.
Noelia Castillo dijo que "quiero morir guapa y hacerlo sola". Me recordó un relato de James Salter que se titula 'La última noche'. Marit está a punto de recibir, también, una inyección fatal. En este caso se trata de un suicidio asistido, con ayuda de su marido. Y dice el narrador: "Marit se había preparado. Se había pintado los ojos y se había puesto una camisa de dormir de satén de color marfil, escotada por la espalda". El cuento acaba de una manera bastante estrambótica, pero me quedo con el acicalarse para decir adiós, una forma extrema de solemnidad, como un rito, “como en un funeral marítimo, bajo el flujo del tiempo”.
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