
Periodista
¿Oír o escuchar a Noelia?
Una sociedad plural empieza, como mínimo, oyendo que existen otras experiencias, otras vidas, otras morales. El paso siguiente —el más difícil— es escucharlas
Muere Noelia Castillo por eutanasia tras una batalla legal que se ha alargado 20 meses y que llegó a Estrasburgo

Concentración de personas cristianas y evangélicas frente al Hospital Residencial Sant Camil, durante el proceso de eutanasia de Noelia, el jueves 26 de marzo de 2026 / Zowy Voeten / EPC
Hay una diferencia política profunda que explica buena parte de la historia del conservadurismo y el progresismo: ¿qué debe hacer la ley ante los dilemas morales de las personas?
La tradición política conservadora ha tendido históricamente a convertir sus valores morales en norma universal. Si algo se considera incorrecto desde su punto de vista moral, la respuesta es prohibirlo para todos. No es solo una convicción personal; es una regla que debería valer para todos, piensen lo que piensen.
La tradición progresista ha hecho a menudo el movimiento contrario. Cuando ha legislado el divorcio, el aborto o la eutanasia, no ha obligado a nadie a acogerse a ello. Simplemente ha abierto espacios legales para que aquellas personas que se encuentran ante estas decisiones límite tengan un marco en el que poder actuar sin ser castigadas.
La diferencia es esencial. No se trata de imponer una forma de vivir, sino de garantizar que cada cual pueda decidir la suya.
Eso es lo que hay detrás de debates que reaparecen cíclicamente: el divorcio en su momento, el aborto y ahora la eutanasia. Son decisiones que nadie toma a la ligera. Lo hemos visto, demasiado para mi gusto, con el caso de Noelia esta semana.
Por tanto, hay una tradición política que sencillamente no quiere escuchar planteamientos morales distintos a los suyos. Y cuando eso ocurre, el paso siguiente es casi inevitable: actúa como si ni siquiera los oyera.
Aquí aparece también una diferencia lingüística que se está perdiendo y que puede parecer menor, pero que resulta reveladora: la diferencia entre oír y escuchar. Cada vez más a menudo la gente utiliza escuchar para decir simplemente que ha percibido un ruido. “No escucho la tele, sube el volumen”, se oye decir.
El oír, que solo describía la llegada inevitable del sonido, parece que se esté borrando. Confieso que es un error que me irrita. ¿Por qué está pasando?
La diferencia es importante. Porque sin oír no se puede llegar a escuchar. Una sociedad plural empieza, como mínimo, oyendo que existen otras experiencias, otras vidas, otras morales. El paso siguiente —el más difícil— es escucharlas. Cuando eso no ocurre en política, el desacuerdo moral deja de ser un debate y se convierte en una negación del otro.
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