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Opinión | GATO ADOPTIVO

Ferran Boiza

Ferran Boiza

Director adjunto de EL PERIÓDICO

De los escraches al acoso en redes

Imagen del archivo del salón de plenos del Ayuntamiento de Madrid

Imagen del archivo del salón de plenos del Ayuntamiento de Madrid / EUROPA PRESS

El pasado 10 de marzo, el geógrafo y urbanista Antonio Giraldo publicaba este mensaje en su cuenta de X: “He tenido que pedir seguridad personal a la Policía Municipal de Madrid (que me proporcionan encantados porque son unos profesionales enormes) ante las amenazas recibidas”. Cinco días antes, Rita Maestre denunciaba que su dirección particular había sido difundida a través de internet, en falsos anuncios de servicios sexuales, y relataba el acoso que estaba sufriendo desde hacía un año, por lo que se habían reforzado las medidas de protección. Giraldo y Maestre son concejales del Ayuntamiento de Madrid.

Desde que este país consiguió librarse de la lacra del terrorismo, sólo el alcalde, José Luis Martínez-Almeida, y los delegados de área del equipo de Gobierno municipal contaban con escolta de forma habitual. Podría pensarse que los casos del socialista Giraldo y de Maestre, portavoz de Más Madrid, son episodios aislados, pero hay algo más de fondo. Cuando el adversario político pasa a percibirse como un enemigo, se abre la puerta a formas graves de hostilidad.

La polarización creciente contribuye a deshumanizar al contrario, y las redes sociales amplifican de forma infinita mensajes de odio que, en algunos casos, terminan sirviendo de coartada para comportamientos violentos. No es algo abstracto, porque en Europa ya hemos visto episodios recientes que reflejan ese deterioro del clima democrático.

Durante la última campaña de las municipales en Francia, el asesinato de un joven militante de extrema derecha en Lyon, presuntamente a manos de un grupo de extrema izquierda, sacudió el debate público. A medida que aumenta la tensión política, se debilita la convivencia.

Sin llegar al extremo francés, en España lo vivimos hace años con los escraches y lo volvemos a vivir ahora con el acoso en redes. No es “jarabe democrático”, como lo calificó Pablo Iglesias antes de sufrirlo en sus propias carnes, es algo mucho peor porque convierte la política en un espacio cada vez más hostil.

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