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Opinión | Vivienda
Ernest Folch

Ernest Folch

Editor y periodista

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Tripartito de inquilinos vs. tripartito de propietarios

Cada vez son más naturales las alianzas en el bloque de izquierdas y menos escandalosas las del bloque de derechas

Barcelona abre la vía para limitar alquileres de temporada y ‘colivings’ en viviendas

Diversos carteles de alquileres en las paredes de un inmueble

Diversos carteles de alquileres en las paredes de un inmueble / EDUARDO PARRA / EUROPA PRESS

El pleno del Ayuntamiento aprobó este viernes una medida que puede ser la primera piedra del cambio social que más gente reclama. Se decretó que a partir de ahora "todos los pisos de la ciudad serán de uso residencial y permanente", el primer paso indispensable para regular y limitar por fin los alquileres vacacionales de estancias cortas y de habitaciones. Falta refrendarlo por la Generalitat y falta que, en un segundo pleno, se concreten las regulaciones correspondientes y se propongan las multas concretas en caso que los propietarios no obedezcan. Pero es un primer paso sin vuelta atrás para avanzar en la dirección firme de intervenir drásticamente el enloquecido mercado de alquiler en Barcelona, causa de múltiples sufrimientos y desigualdades. No es ninguna casualidad que a favor de la medida hayan votado las tres fuerzas de izquierda y en contra hayan votado las tres de derechas (PP, Junts y Vox). En la era del posprocés, Esquerra es cada vez más de izquierdas y Junts cada vez más de derechas, sabedores de que el carril independentista es ahora mismo muy estrecho y no ofrece masa crítica suficiente. El resultado es que en la política barcelonesa, catalana y hasta española, en los asuntos sociales, especialmente el de la vivienda, se están configurando dos tripartitos muy marcados, el de la izquierda (PSC, Esquerra y Comuns) y el de la derecha (Junts, PP y Vox). Son dos bloques diáfanos: el que defiende a los arrendatarios y el que defiende a los arrendadores. Unos hablan de bajar y limitar precios, los otros hablan del mercado libre. Unos hablan del derecho básico a tener una vivienda, los otros hablan de los derechos de los propietarios. Unos hablan de la vulnerabilidad de los que alquilan pisos, otros hablan de "que hay propietarios más vulnerables que sus inquilinos", como ha dicho Jordi Turull esta semana.

No es solo una batalla política, también es intelectual. En el bando de la regulación, profesores, economistas y sociólogos progresistas defienden las intervenciones positivas en mercados equivalentes, como Berlín, Ámsterdam o Viena, donde legislaciones concretas han permitido contener los precios significativamente. En el bando de los propietarios, los habituales adalides del neoliberalismo han salido a decirnos que hay una relación de causa-efecto entre la intervención y la escasez de oferta de pisos. Más allá de las batallas culturales, lo que ya es un hecho es que Barcelona ha sabido dar un paso trascendente para empezar a resolver el que sin duda es el problema que causa más alarma social. Tan grave es que puede solidificar un mapa político de imprevisibles consecuencias. Desde el primer minuto ya ha aparecido el tripartito de los inquilinos frente al tripartito de los propietarios, ya sin matices y con todas las caretas fuera. La primera consecuencia es que cada vez son más naturales las alianzas en el bloque de izquierdas y menos escandalosas las del bloque de derechas. Quedan muy claras las posturas y los intereses que defiende cada cual. También en política, Barcelona marca tendencia.

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