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Periodista
Meloni pone a prueba su ‘finezza’

Manifestación en Roma para celebrar la victoria del 'no' en el referéndum sobre la reforma del Poder Judicial. / SEBASTIANO BACCI / DPA / EUROPA PRESS
Vive Italia una convulsión política inesperada a causa de la derrota del Gobierno en el referéndum para la reforma del Poder Judicial celebrado el último domingo. Todas las debilidades y tics que caracterizan el funcionamiento de las instituciones, a menudo exageradas o deformadas, asoman después de que el 54% de los votantes rechazara la reforma y una participación del 60% revelara una activación del electorado progresista, singularmente en las grandes ciudades y en la mitad sur del país, más contenida en el norte, en especial en las regiones de Lombardía, Veneto y Friuli, donde ganó el sí. El centroizquierda revive como nadie podía prever y Elly Schlein, secretaria general del Partido Democrático, pronostica un pronto adelanto electoral al favor de la crisis subsiguiente a la exigencia de dimisión de la ministra de Turismo, Daniela Santanchè, salpicada por fundadas sospechas de corrupción, a la renuncia de dos altos cargos del Ministerio de Justicia, uno de ellos, Andrea Delmato, presuntamente vinculado a un clan mafioso. Una tramoya política a la que deben añadirse las tensiones en el seno de la coalición gobernante -Hermanos de Italia, la Liga y Forza Italia-, superada la fase en la que el disfrute del poder atenuaba grandemente las diferencias.
La pretensión de separar a jueces y fiscales y crear para cada cuerpo un órgano de gobierno compuesto por ejercientes elegidos por sorteo proyectaba inevitablemente sombras de control político sobre el Poder Judicial, rompía la larga tradición de una sola carrera para jueces y fiscales y erosionaba la competencia de estos últimos en las investigaciones judiciales. La alarma en la opinión pública por la “domesticación de la justicia”, en palabras de un analista, se vio alentada por la inmensa mayoría de medios solventes, dio pie a recordar episodios determinantes en la historia de Italia -los asesinatos por la Cosa Nostra de los jueces Falcone y Borsellino, las aguas turbias de la logia P-2 y otros momentos menos recordados, pero no menos significativos- y permitió agavillar una masa crítica suficiente para sentar a Meloni ante el espejo de su primera gran crisis. Bien es verdad que la jefe de Gobierno puso el parche antes que la herida y anunció que, de perder, no presentaría la dimisión -se mantiene vivo el recuerdo del error de Matteo Renzi, hace una década, que hubo de dejar el cargo al perder un referéndum para la reforma de la Constitución porque prometió que lo haría si triunfaba el no-, pero es obvio que las cosas a partir de ahora discurrirán de forma diferente, con la oposición movilizada y los socios de Hermanos de Italia más exigentes que nunca.
La moción de censura (sfiducia) de la próxima semana a propósito del desempeño de Santanchè pondrá a prueba la vulnerabilidad de un Gobierno que, aunque la superará, deberá afrontar la recta final de la legislatura en condiciones que nadie vislumbró cuando sometió la reforma a las urnas. La reconocida finezza de la política Italia, llena de matices gestuales, sutilezas semánticas, sentido extremo de la oportunidad y silencios elocuentes, enreda históricamente las crisis de Gobierno en una madeja en la que la consistencia de las mayorías puede salir malparada según sea la conjunción de intereses entre adversarios, enfrentados un día y complementarios al siguiente. En el caso de Giorgia Meloni, debe preservar además su imagen de líder de la extrema derecha civilizada -más o menos-, que encaja sin chirridos en los hábitos democrático de la Unión Europea, y no puede volver a la exaltación a gritos de su última campaña, segura sabedora de que una parte de los votos que le dieron la victoria proceden de la poco menos que extinta democracia cristiana, tan reacia a dramatizar la vida cotidiana y tan acostumbrada a relativizar el alcance de las crisis desde tiempo inmemorial.
Acaso están en lo cierto cuantos estiman que la primera ministra llegó al palacio Chigi gracias a un resultado que es difícilmente mejorable, suficiente en cualquier caso para imponerse al centroizquierda, castigado por la abstención, y al Movimiento 5 Estrellas, tan imprevisible y ciclotímico su comportamiento, tan desgastado por sus propios errores. Hay que ver cómo el Partido Democrático y su entorno de enfoque progresista administran ese primer éxito y si es este el final de una larga travesía del desierto, porque sigue siendo vigente la frase de Giulio Andreotti: “El poder desgasta, sobre todo cuando no se tiene”. Y tiene Georgia Meloni muchos recursos a su alcance para seguir ostentándolo, incluida la situación internacional, tan volátil, su buena sintonía con Ursula von der Leyen y una economía, la italiana, con una deuda pública de 3,11 billones de euros, equivalente al 138% del PIB, cifras que desaconsejan distraer la atención con arriesgados juegos de manos.
A diferencia de lo sucedido en Francia el mismo domingo en las elecciones municipales, con el avance de la extrema derecha contrarrestado por la victoria del centroizquierda en las grandes ciudades, salvo Niza, el resultado de un referéndum es una vara de medir más imprecisa. Pero el tono de la dimisión de Santanchè y las maniobras orquestales del ala más dura de Hermanos de Italia, la que no oculta sus añoranzas mussolinianas, vaticina días complicados. De momento, la exministra ha adelantado un diagnóstico de la atmósfera enrarecida que ha seguido al referéndum: “Nos convertimos en justicieros en 24 horas”. Marina Berlusconi, hija del fundador de Forza Italia, va más lejos, reclama a su partido que suelte lastre y que prescinda de Antonio Tajani, ministro de Asuntos Exteriores, bregado en la política europea, pero objeto habitual de crítica por la facción más populista del partido. Obligando todo ello a Meloni a encajar las piezas de un puzle que transitaba con relativa tranquilidad hacia la cita electoral de 2027, pero que exige ahora a la primera ministra una sobredosis de finezza.
En el intrincado laberinto de la política italiana, heredera en primera instancia de la doctrina social de la Iglesia -la democracia cristiana de Luigi (don) Sturzo- y de la izquierda de raíz marxista -el Partido Comunista de Antonio Gramsci a Enrico Berlinguer-, tal esquema saltó por los aires con la sucesión de escándalos, con la irrupción de la nueva derecha que encarnó Silvio Berlusconi y con la crisis de las izquierdas. La convicción de Sandro Pertini en la identidad ideológica como resorte fundamental de la política -“debemos recordar siempre de dónde procedemos y a quién servimos”- con harta frecuencia ha tenido poco que ver con la praxis cotidiana, y el ascenso de Hermanos de Italia fue y es el resultado inmediato más visible de una lógica que se desvaneció. Esto es, la extrema derecha es la que ha sacado mejor partido de tal mutación.
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