
Periodista
Almodóvar, Torrente y la irreverencia
¿Qué significa hoy ser provocador en una sociedad donde unas libertades y derechos duramente conquistados conviven con la libertad de ridiculizarlos y burlarse de ellos?

Leonard Beard. / 5
Como escribe Ferran Boiza en ‘El Periódico’, el estreno simultáneo de las últimas películas de Pedro Almodóvar y Santiago Segura ha supuesto un nuevo capítulo de la confrontación eterna de las dos Españas. “Hemos asistido a un espectáculo nada edificante en el que el debate cultural se ha desplazado también hacia una lógica de trincheras”, escribe Boiza. Nada, ni siquiera la cultura, o especialmente la cultura, está a salvo del duelo a muerte ideológico entre las dos almas de España. Estados Unidos popularizó el concepto de la guerra cultural, pero ya mucho antes Antonio Machado había escrito desde los campos de Castilla que estamos condenados a que unos u otros nos hielen el corazón.
No hay temáticas puras en la gran ágora de nuestra conversación pública: empezamos hablando de la guerra de Irán y acabamos discutiendo sobre Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo. De la misma forma, la conversación cultural suele ser más ideológica (y, por tanto, política) que artística. En las entrevistas a cineastas, escritores, músicos, etcétera, se les suele preguntar mucho sobre política y la actualidad y muy poco sobre su obra o la forma en la que la han creado (el ‘fenómeno David Uclés’).
Falsa dicotomía entre taquilla y prestigio
No extraña, pues, que en la conversación sobre ‘Torrente, presidente’ y ‘Amarga Navidad’ lo de menos parezca ser el cine. Se habla de la falsa dicotomía entre taquilla y prestigio, entre cine popular y cine de autor, en la eterna tendencia de considerar mediocre lo popular y elitista la calidad. Se considera a Almodóvar un emblema de la España que le gusta al progresismo (cosmopolita, sofisticada, inteligente) y a Segura el mejor conocedor de lo que arrasa entre la “gente normal” (plebeya, gamberra, que se ríe con lo zafio). Se mide la distancia entre la prensa tradicional (la crítica que, en términos generales, aplaude a Almodóvar y desdeña a Segura, siempre con excepciones) y las redes sociales, donde el entusiasmo por Torrente es similar al de la taquilla. Hay análisis sociodemográficos y pseudoencuestas políticas basadas en las cifras de la taquilla. Se olvida que no todo espectador de Torrente está haciendo una enmienda a la totalidad del progresismo, ni todo admirador de Almodóvar está reafirmando una identidad política. A lo mejor hay una tercera España: la que simplemente tiene gustos diferentes a la hora de ir al cine.
En este sentido, otra forma de conversar sobre ‘Torrente, presidente’ y ‘Amarga Navidad’ es centrarse en qué se considera hoy transgresor. En sus inicios, Almodóvar escandalizaba porque su trabajo atacaba varios frentes a la vez: la sexualidad no normativa (deseo homosexual, bisexual, travestismo...); la profanación de símbolos como la familia, la religión o la maternidad; y la estética de la movida: el atractivo del kitsch, personajes estridentes, marginales, representantes de una ‘calle’ muy moderna y alejada del arte ‘mainstream’.
Élites culturales progresistas
Hoy, los personajes de Almodóvar y su cine son la quintaesencia del ‘mainstream’, de las élites culturales progresistas. Torrente, en cambio, es transgresor. Empezó siendo irreverente, absurdo, escatológico, Barragán ni más ni menos, pero con el paso de los años hoy su incorrección política (machismo, homofobia, racismo, gordofobia, franquismo cutre) ya no se lee ni se ve por algunos como una parodia, una sucesión de chistes para reventar la taquilla, sino una moción a la totalidad, un desafío al “sentido común progresista”: feminismo, derechos LGTBI, lenguaje inclusivo, educación en diversidad... Santiago Segura tal vez no se ha movido desde que estrenó el primer Torrente, pero España sí.
Almodóvar y Torrente son dos fenómenos cinematográficos que nada tienen en común, más que hablar bien de una industria capaz de crear dos películas tan diferentes. Su supuesto duelo al sol indica dónde se sitúa hoy el nervio de la provocación. Almodóvar fue irreverente cuando la irreverencia significaba conquistar libertades frente a una sociedad reprimida. Torrente lo es hoy cuando la irreverencia consiste, para muchos, en la libertad de burlarse de los límites morales del presente, en gran medida basados en algunas libertades y derechos que se conquistaron.
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