
Director de EL PERIÓDICO
Varoufakis y el ataque al capital: cómo la narrativa del 2008 impacta en la clase media europea
La crisis de 2008 y las políticas de austeridad debilitaron a los partidos tradicionales, dando paso a extremismos que aún perduran en la política actual

El colapso del populismo y la turbulencia social / Chatgpt
El trumpismo empieza a mostrar sus primeros signos de agotamiento pero no hay que lanzar la campanas al vuelo. Si fracasa metiéndose en una guerra larga y cara, con ataúdes llegando a Arlington y con más inflación y menos empleo, el MAGA se disolverá como un azucarillo en el café pero el malestar continuará. En Estados Unidos y en el resto del mundo. Si los partidos centrales de la democracia liberal no reaccionan, un populismo sustituirá a otro. Da igual saltarse las reglas en una guerra que en un Consejo de Ministros. El hecho es el mismo, cada uno a su escala. Los extremismos salieron victoriosos de la crisis de la deuda del 2008 generada por la burbuja inmobiliaria. Los austericidas tiraron de la cuerda y los neomarxistas aprovecharon para lavar sus vergüenzas del hambre y el malestar soviético. El resultado fue el debilitamiento de los partidos liberalconservadores, por blandos, y de los socialdemócratas, por vendidos. En algunos países centrales de la UE, como Francia e Italia, prácticamente han desaparecido. En Alemania se han unido para sobrevivir. Y en España se han repelido y han quedado en manos de Podemos o de Vox. Para salir de esta crisis no hacen más que dar palos de ciego. Ora contra las redes, ora contra los tecnoligarcas, ora contra las grandes empresas ora contra los sindicatos. Si no se analiza bien porque estamos aquí, es muy difícil salir del pozo incluso cuando Trump se apague.
El fin del contrato social
La prosperidad posterior a la Segunda Guerra Mundial se basó en Europa en un contrato social por el cual los trabajadores entendieron que sin crecimiento no hay riqueza a repartir y los inversores aceptaron que una parte de los beneficios debe devolverse en forma de salarios para asegurar el consumo. Y la paz social. No hay gran consumo sin salarios que dejen margen para ello. La deuda, lo vimos en el 2008, no es alternativa. La acumulación de riqueza en muy pocas manos, aparte del calificativo moral que le queramos poner, es ineficiente desde el punto de vista económico porque si hay pocos muy ricos consumen menos unidades de cualquier producto aunque gasten más. Va bien para la industria del lujo pero fatal para la gran industria. Las clases dirigentes no quisieron en muchos casos entender esto en la crisis de la deuda del 2008. Y la estafa de los fondos de inversión piramidales quisieron que la pagaran los estados por falta de control pero la acabó pagando la clase media con propiedades que valían menos que la deuda que garantizaban y Estados gastando los impuestos en taponar la sangría del sector financiero y recortando los servicios públicos. Y llegados aquí, algunos perdieron la perspectiva. La clase media no solo garantizaba el gran consumo, también garantizaba la paz social porque era el dique de contención que salvaguardaba al conjunto del sistema. Condenarlos a no poder acceder a una vivienda tras la devaluación de salarios, freírlos a impuestos cuando tienen trabajo y laminar los servicios públicos no ha sido una buena idea.
Varoufakis no tenía razón
Leyendo el inicio de este artículo alguien podría pensar que es una reivindicación de lo que fue y significó el ministro griego de finanzas durante aquella crisis del 2008. La narrativa de Varoufakis es una de las causas de que no se haya recuperado la clase media en Europa tras aquel tsunami. El ataque sistemático y sin un ápice de complejidad al capital no ha hecho otra cosa que provocar que se de a la fuga de sectores clave para el sostenimiento de la clase media como la construcción o la industria intensiva. A la vez, lo que Varoufakis significa ha incidido en gobiernos como el español o el catalán para que se resarza a esa clase media por la vía de incrementar los impuestos, teóricamente, a los que más tienen pero en la práctica a los que menos lo esconden. Y esa presión fiscal no siempre equitativa tiene un doble efecto, ahuyenta las inversiones y alimenta el populismo. La izquierda a la izquierda de la socialdemocracia ha dejado de luchar por los salarios y se quiere garante de los subsidios y de las hiperregulaciones. Eso latía en el plantón de Sumar en el Consejo de Ministros del viernes. Por el otro lado, los libertarios presionan a los liberales para que conviertan la reducción de impuestos en dogma de fe cuando solo es un instrumento de redistribución de las oportunidades ya que la riqueza debería redistribuirse a través del trabajo. Y aquí llega el gran reto como explicó Carlos Torres en el reciente foro sobre IA y pimes que organizamos BBVA y EL PERIODICO. La Inteligencia Artificial generará un plus de productividad que puede volver a reducir el precio del trabajo. Producir el doble con la mitad de trabajadores puede significar vender una cuarta parte de lo producido. La solución Varoufakis con una renta mínima garantizada sirve para ganar elecciones pero no para garantizar la paz social. Eso solo se consigue recuperando a la clase media.
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