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Opinión | La Calle Nueva
Juan Cruz Ruiz

Juan Cruz Ruiz

Periodista y escritor

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'Tres tristes tigres', y tanto

Cuba no era una Revolución, sino un país en minúsculas

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A woman holds a flashlight while walking with a man on a street during a blackout in Havana on March 16, 2026. Cuba suffered a widespread power cut on March 16, 2026, according to the national electricity company, against the backdrop of a severe crisis on the island caused by the US energy blockade. (Photo by Yamil LAGE / AFP)

A woman holds a flashlight while walking with a man on a street during a blackout in Havana on March 16, 2026. Cuba suffered a widespread power cut on March 16, 2026, according to the national electricity company, against the backdrop of a severe crisis on the island caused by the US energy blockade. (Photo by Yamil LAGE / AFP) / YAMIL LAGE / AFP

Cuba ya es el otro mundo. Ni siquiera es el mundo de ayer, aquel que vivió sin vergüenza, pero avergonzado, la terrible confesión sin causa de Heberto Padilla, el poeta que fue condenado a ser infeliz. Cuba se rompió cuando ese país chiquito acabó con las ansias de la Revolución para concederse a sí misma una revolución chiquita que muy pronto dejó la luz. Hasta hoy, cuando ya no hay luz, y en este caso no es una metáfora sino una pena...

Conocí Cuba, La Habana y todo lo que había en sus bellos alrededores, cuando me quedaban resquicios de aquella ansiedad de Revolución con mayúsculas. Era septiembre de 1991. Acompañé a un amigo que iba cada año a vivir en la capital y donde fuera los vestigios de una vida que ya había languidecido, y aun no sabíamos que era para siempre. En aquella ocasión, que para mí fue la primera y sería la última, vivimos hechos extraordinarios, surrealistas.

Era el tiempo en que fusilaron a uno de los héroes de la Revolución, que fue hallado en falta en África, donde Cuba era omnipresente. Habíamos decidido, mi amigo y yo, que debíamos viajar al interior a encontrarnos con unas jóvenes que venían de Gran Canaria que habían ido a pasar el verano en uno de los centros habilitados para visitantes de esas edades. A la mitad del camino sentimos que debíamos parar para comprobar, al menos, que Cuba no era un nido de víboras como se decía en el Occidente del que proveníamos, esta España burguesa que ya había purgado a Franco.

Cuando ya creíamos que el aire de la isla permitía el viaje a la playa que buscábamos y quisimos regresar al coche sentimos el sonido de un mosquetón. El soldado que lo portaba hizo que volviéramos a la realidad de Cuba y nos llevó directamente a una cárcel que era, por otra parte, donde otros soldados habían ajusticiado al que hizo su triste viaje al fondo de África. Estuvimos algunas horas esperando un veredicto. Mi amigó sintió que debía rebelarse, y lo hizo. Sus gritos no le duraron mucho porque pronto pasó cerca de nosotros un militar de mayor rango que nos mandó a la calle.

Así que nosotros nos fuimos a buscar a las chicas grancanarias, que esperaban jugando a las cartas. Cuando parecía, de nuevo, que Cuba era otra cosa y habíamos obviado el malestar que parecía avecinarse, la que estaba al cargo del lugar me advirtió que desde la recepción nos buscaba alguien. La joven que nos había recibido era la que en ese momento me reclamaba. Me dijo: “¿Quieres salir conmigo a conocer La Habana esta noche?”.

Fue muy pronto la llegada de la pena de Cuba. De muchacho yo llevaba medicamentos y comida a los barcos que llevaban de un sitio al otro del mundo la noticia feliz de que Cuba no se había partido del todo, que la Revolución no era todavía una palabra en letra minúscula. Pero era mentira, Cuba estaba viviendo los estertores de su agonía.

La tarde en que nos fuimos, con la decepción que se parecía a un juguete roto, el aeropuerto nos acogió como una pausa que nos salvaba de la tristeza, la desolación o la extrañeza. Aún no se conocía demasiado bien que ya era negro el porvenir. En esas circunstancias ocurrió algo que parecía una metáfora más de las que nos acompañaron durante este trayecto, en pos de lo que había sido una pasión juvenil rota, poco a poco, por la naturaleza de la realidad: Cuba no era una Revolución, sino un país en minúsculas.

Miré a los lados, como si quisiera llevarme el aire, y de pronto un anciano que viaja al otro mundo se acercó a mi oído. Él estaba en una franja amarilla de la zona de salida del aeropuerto de La Habana. Yo estaba en el mismo sitio, pero sobre una alfombra de color rojo. A él le pareció que ese era un aviso revolucionario, así que me dijo: “Oiga, caballero, ¿y yo también puede pisar en ese color?”.

Pasaron muchas cosas en ese momento de Cuba. El viaje me fue diciendo que no había solución ya para el país que en un tiempo nos pareció, a los que nos sentíamos parte de aquella Revolución que nació en Sierra Maestra y que poco a poco se fue hundiendo en la nada. Castro convertía en discursos lo que años atrás eran promesas de tierras, mareas, noches, cultura, libertad… Las palabras se fueron diluyendo. Antes de ir a Cuba Guillermo Cabrera Infante, el mejor escritor de aquella era, y su mujer, la actriz Miriam Gómez, me advirtieron de lo que allí hacía rato que ocurrió, hasta qué punto la oscuridad era la única palabra.

Ahora Cuba vive una oscuridad real, triste, como aquellos tristes tigres que le sirvieron a Guillermo para escribir la mejor de sus novelas, la más feliz. Nada ha salvado a Cuba. No no sé si lo que viene ahora no será, otra vez, un desafío a lo que la isla siempre esperó de la vida: la alegría de la música, el estímulo de la literatura, la pasión de vivir cantando. Ya no hay en Cuba ni luz, la asesinaron.

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