Opinión | Donald Trump

Periodista
La duda

El presidente de EEUU, Donald Trump, y la primera ministra de Japón, Sanae Takaichi, en el Despacho Oval. / Europa Press/Contacto/Aaron Schwartz - Pool via CN
Hay un momento en la vida —dejó escrito Marguerite Duras— en que todo empieza a ponerse en duda. El matrimonio, los amigos —decía—, sobre todo los amigos de la pareja. Lo describió como un momento terrible en el que las certezas se vuelven sospechosas y la vida entra en un territorio inestable. Solo los hijos, afirmaba, quedan fuera de esa duda. Lo demás empieza a girar alrededor de una pregunta que nace dentro de uno mismo. Y de esa duda, decía Duras, nacía su escritura.
Durante la Segunda Guerra Mundial vivió en el París ocupado; su marido fue deportado a un campo de concentración nazi y ella participó en la Resistencia. Esperó su regreso durante meses sin saber si estaba vivo o muerto. De esa duda traumática nacieron algunos de sus textos más intensos, como El dolor. Léanlo, es estremecedor. No podemos imaginar el impacto de una guerra en quienes la viven, cómo transforma la vida entera.
Por eso resulta tan inquietante escuchar la última frivolidad que ha protagonizado Donald Trump. En una conversación con la primera ministra japonesa preguntó, entre jocoso y reprochante, por qué Japón no había avisado a Estados Unidos del ataque a Pearl Harbor en 1941. Como si un acontecimiento que desencadenó una guerra devastadora fuera una reunión de vecinos mal coordinada. Lo más sorprendente es la manera en que Trump introduce en la conversación pública ese tipo de ligereza que desarma. Es una forma de vivir fuera de la gravedad de los hechos, como si la historia fuera un decorado y no una experiencia humana hecha de vidas perdidas, decisiones irreversibles y memoria compartida. Algo de lo que hablar con cuidado.
Trump no duda, sólo dispara palabras sin filtro. A su alrededor la conversación pública empieza a parecerse a una sobremesa caótica donde cada uno improvisa su propia versión del mundo. Todo parece un espectáculo, una parodia. Y la silla de su despacho donde recibe a los dirigentes de otros países, una especie de silla eléctrica.
La duda que describió Duras puede ser devastadora e incluso irreversible, pero también puede ser un acto de lucidez. No es una duda contra el mundo, sino contra nuestras propias seguridades. Tal vez sea pedir demasiado a estas alturas solo gente que dude antes de abrir la boca.
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