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Periodista
Una guerra condenada a alargarse

Sara Fernández
La escalada en la guerra de Irán y en el frente libanés tiene todas las trazas de una gran crisis fuera de control, inducida por Israel, en la que Estados Unidos es la gran potencia atacante. Contribuye a ello la conocida tendencia de Donald Trump a abundar en la confusión mediante declaraciones contradictorias. Así sucede con la alarma manifestada por el ataque israelí a la instalación gasista iraní de South Pars, su distanciamiento de tal acción y, al mismo tiempo, su amenaza a renglón seguido de destruir por completo la infraestructura. De poco vale que la Casa Blanca asegure que ni Estados Unidos ni Catar participaron en el bombardeo -el emirato lo califica de “peligroso e irresponsable”- si acto seguido el presidente se prodiga en frases inquietantes que alimentan la escalada de precios del petróleo y del gas, si las bolsas no respiran y los consumidores afrontan en sus bolsillos las consecuencias de un conflicto que suma tres semanas sin que se vislumbre una puerta de salida.
El legado siempre desastroso de las intervenciones estadounidenses en Oriente Próximo puede llegar a parecer un accidente relativamente menor si en el empeño de Trump de transmutar el orden mundial a cañonazos la repercusión económica es la que temen demasiados analistas. La sombra de una crisis global que aúne recesión e inflación -la llamada estanflación- ya es algo más que una lejana posibilidad; la contracción del PIB mundial, con su correlato de efectos perniciosos sobre la vida cotidiana y la economía doméstica, ha dejado de ser fruto del alarmismo. Algunos estudios prospectivos temen que, de no detenerse a la mayor brevedad las operaciones y permanecer cerrado el estrecho de Ormuz por mucho más tiempo, el barril de petróleo supere los 150 dólares, con un efecto en cascada sobre todos los sectores económicos.
La pretensión del presidente Trump de implicar a los europeos en la guerra mediante su participación en una operación de escolta y protección de los buques tanque a su paso por el estrecho carece de sentido, no porque la guerra no lastime sus economías, sino porque ni desencadenaron la crisis ni se manifestaron partidarios de una acción expeditiva de tal calibre. Los europeos fueron los primeros sorprendidos de que en mitad de unas negociaciones con Irán, con intermediación de Omán, Trump diese la orden de ataque al unísono con Israel, más que probablemente obligado a dar el paso después de que Binyamin Netanyahu diese el suyo. “Esta no es la guerra de Europa”, ha dicho Kaja Kallas, la encargada de la política exterior de la Unión Europea; son mayoría los gobernantes que no están dispuestos a atender el llamamiento de Trump por un cúmulo de razones que Kallas ha resumido en ese sola frase. La guerra agrava así la crisis de identidad de la OTAN, más descoyuntada que nunca la relación de Estados Unidos con sus aliados históricos desde el final de la Segunda Guerra Mundial, a los que reclama, primero, que acudan al teatro de operaciones para proclamar después, cuando no atienden sus demandas, que no necesita la asistencia de nadie para ganar la guerra.
Lo cierto es que, al entrar en la cuarta semana de combates, es muy difícil dar en Irán con un personaje capacitado para encarar una eventual negociación del cese de hostilidades, descabezada en gran parte la cúpula del régimen de los ayatolás. Queda asimismo descartado un desenlace por agotamiento de la capacidad de respuesta iraní, pero cunde en el ámbito financiero la impresión de que tiene Trump “un margen de maniobra muy limitado si un conflicto prolongado comienza a debilitar el crecimiento y a disparar la inflación”, según deduce el digital Politico de las opiniones recogidas entre asesores económicos independientes. Uno de ellos atribuye a Estados Unidos “fragilidades inherentes” a la guerra; otro declara que la decisión de la Reserva Federal de mantener el interés en el 3,75% no hace más que reflejar las incertidumbres inflacionarias a corto y medio plazo. Todo ello con las elecciones de mitad de mandato en el horizonte de noviembre y las encuestas sobre aceptación de la política presidencial invariablemente desfavorables a Trump.
La sombra de una larga guerra de desgaste domina los pronósticos. Con el añadido de que, salvo cambio espectacular en la relación de fuerzas en el entorno de Majtaba Jameneí, inspira a la dirigencia iraní el doble propósito de la resistencia a toda costa y el martirio, sea cual sea su coste. Se ha repetido ad nauseam que no es posible aplicar en Irán una fórmula a la venezolana, con una facción del régimen dispuesta a gestionar el país sujeta al diktat de Estados Unidos, y es unánime la opinión de que, en tales circunstancias, no cabe la victoria -cuando menos, un final asumible de las hostilidades- sin unidades sobre el terreno. No está Trump dispuesto a explorar tal opción, que sería un eslabón más en la escalada, porque la segura llegada de ataúdes a Estados Unidos degradaría aún más su imagen ante la opinión pública, incluido el universo MAGA, decepcionada una parte importante de sus votantes por el enfoque del segundo mandato del presidente, su alejamiento del aislacionismo prometido, sin aventuras bélicas en el exterior.
“La nación proyecta su poder militar según sus recursos económicos, pero el alto coste de mantener la supremacía militar la precipita a la decadencia. Las grandes potencias en crisis reaccionan gastando más en defensa y se debilitan desviando recursos productivos”, afirma el historiador Pau Kennedy en Auge y caída de las grandes potencias (1987). La profundidad de su análisis cuatro décadas después sigue siendo sustancialmente válido: la gestión de la decadencia se la antesala de una forma de adaptación a una situación de hegemonía contestada por otras potencias emergentes. Varios de los ingredientes manejados por el historiador siguen siendo plenamente vigentes como testimonian las voces que dan por seguro que el siglo XXI será el de Asia, en general, y de China en particular. De hecho, en paralelo a la aparente entrada de la guerra de Irán en un callejón sin salida, el régimen de Pekín es el que parece mejor situado para salir relativamente indemne de la prueba de estrés global que es la crisis en Oriente Próximo. Admitiendo que, de ser general la degradación de los parámetros básicos de la economía, deberá pechar con su cuota de perjuicios por la contracción del crecimiento. Nadie puede escapar del todo a la lógica perversa de una guerra ilegal que todo lo altera.
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