Saltar al contenido principalSaltar al pie de página
Opinión | Laporta
Miqui Otero

Miqui Otero

Escritor

Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

Hasta los macarrones

El populismo, para salir triunfante, debe adaptarse con talento a la realidad sociocultural de cada lugar

La noche sin fin de Joan Laporta: Luz de Gas, puros y cava

Barcelona. 15.03.2026. Deportes. Joan Laporta levanta sus brazos junto a sus junta directiva al ser reelegido de nuevo presidente del FC Barcelona. Fotografía de Jordi Cotrina

Barcelona. 15.03.2026. Deportes. Joan Laporta levanta sus brazos junto a sus junta directiva al ser reelegido de nuevo presidente del FC Barcelona. Fotografía de Jordi Cotrina / JORDI COTRINA / EPC

Un grito recorre Catalunya, con el vigor marcial de 'La Marsellesa' y con la euforia escolar de una casa de 'colònies': “Macarrons, macarrons, macarrons”.

Es fácil rastrear su genealogía: lo entonó Laporta durante la noche electoral y ha cuajado en calles, colegios y bares. "Macarrons, macarrons, macarrons". El cántico, de hecho, nació en un acto populista de campaña (el president los cocinó en un bar del Upper) y se ha revestido de reflexión: si dice el proverbio que “las acciones hablan más fuertes que las bombas”, en este caso sus ideólogos sellan a fuego el espíritu con la frase: “Menys powerpoint i més macarrons”.

"Macarrons, macarrons, macarrons". Suena con la contundencia del "Barça! Barça! Barça!" en el título del famoso artículo de Montalbán. El mensaje es nítido: se impuso la 'rauxa' al 'seny' y la intuición al dossier. Hay quien habla de populismo, y de hecho Font insistía en señalar al presidente como el Laporta Trump (en oposición al primer Laporta Kennedy). Y el caso es que si Trump se hace retratos en el Despacho Oval rodeado de cajas de McDonalds, qué mejor que los macarrones ("macarrons, macarrons") de la 'iaia' como esperanto emocional 'nostrat'. Pero aunque es cierto que Laporta borda la forma de los populismos, de momento no defiende el fondo (ni los valores) de Trump o Milei.

Porque el populismo, para salir triunfante, debe adaptarse con talento a la realidad sociocultural de cada lugar. Y nada mejor que una receta como esta. Para empezar, todo el mundo cree que los de su 'iaia' (como piensan los peores nacionalismos de sus países) son los mejores. Así que los macarrones no son solo macarrones, ni siquiera son únicamente macarrones de la 'iaia', sino que son los macarrones de la 'iaia' Pilar, Pepa o Manela, en función de quién sea la abuela, sí, pero también según los secretos que esconda: carne de vacuno picada o restos del 'rostit', pimientos de tres colores o solo cebolla en abundancia, tomate frito con un pellizco de azúcar o natural engrasado con mantequilla. "Macarrons, macarrons, macarrons". El secreto es que son y no son siempre lo mismo: la idea de macarrones de la 'iaia' nos interpela a todos, pero los macarrones de tu 'iaia' te hablan a ti y solo a ti.

Los macarrones, como el césped recién cortado o los colores de la camiseta de tu equipo, son un pase milimétrico al centro de tu infancia, ese mundo aproblemático y sencillo. Cuando los problemas son aún solo misterios y prefieres repetir pasta que tronchar percebe. Laporta lo sabe, así que ha ido más allá y ha llegado a decir que adora las galletas Príncipe de chocolate con Coca-cola y que a los macarrones le gusta añadirles patatas fritas. Maridajes que levantarían cejas hasta en Master Chef Junior, pero ante los que todos reconocemos el paladar de nuestra niñez. Los macarrones, más ricos que las croquetas de Laudrup antes de la traición, más artísticos que una fotocopia de Bola de Drac en el Louvre. Sobre todo, si el rival es un plato de mongeta bullida con rajolinet de vinagre deconstruido por el chef de un hotel en Dubái.

"Macarrons, macarrons, macarrons". Un grito recorre Catalunya y entra en mi casa. Hoy, sin ir más lejos, mi pareja tiene un viaje de trabajo. Así que yo, con artes de líder populista, sé muy bien cómo disparar el cariño de mis dos críos. En cuanto acabe esta columna, tapizaré la fuente de pasta con hebras de queso. El horno está encendido. Ya llega, como un olor de primavera, el cántico desde el comedor: “Macarrons, macarrons, macarrons”. Y dos bolas de helado de postre.

Suscríbete para seguir leyendo