
Economista. UPF Barcelona School of Management
El valor de los presupuestos en tiempos de incertidumbre
Un país puede funcionar sin presupuestos, pero difícilmente puede avanzar sin ellos

El hemiciclo del Parlament. / Ferran Nadeu
Los presupuestos públicos son la principal ley económica anual de un gobierno y una de las herramientas más importantes para orientar el futuro de un país. A través de los presupuestos se decide qué políticas se quieren impulsar. Por ello, su aprobación es una pieza clave para el buen funcionamiento de las instituciones y de la economía. Cuando un gobierno dispone de presupuestos aprobados puede planificar mejor su acción. Empresas, administraciones y ciudadanos tienen más información sobre qué políticas se desarrollarán y con qué recursos. Esta previsibilidad es muy valiosa, ya que las decisiones de inversión, innovación o expansión empresarial requieren certeza y estabilidad.
También desde el punto de vista institucional los presupuestos tienen un papel central. El debate presupuestario es, probablemente, el momento más importante del año parlamentario. Es cuando se discuten de manera transparente las prioridades del país, se confrontan distintas visiones sobre el papel del sector público y se decide cómo se gestionan los recursos que provienen de los contribuyentes.
Cabe decir, sin embargo, que la falta de presupuestos aprobados no significa que el país se paralice. Las administraciones continúan funcionando y los servicios públicos se siguen prestando. Pero sí implica perder muchas oportunidades. Cuando se gobierna con presupuestos prorrogados, muchas actuaciones deben canalizarse a través de modificaciones de crédito, suplementos o procedimientos excepcionales que complican la gestión, generan más burocracia y hacen más difícil impulsar nuevas iniciativas.
Además, los presupuestos permiten adaptar las políticas públicas al momento económico. En entornos más complejos pueden contribuir a sostener la actividad económica y proteger a los colectivos más vulnerables. Sin presupuestos aprobados, esta capacidad de adaptación se reduce. La necesidad de adaptación es aún más evidente en un momento como el actual, marcado por transformaciones muy profundas. La irrupción de la inteligencia artificial, los cambios tecnológicos acelerados, las tensiones geopolíticas o los conflictos armados están modificando rápidamente el contexto económico. En un escenario así, gobernar con presupuestos aprobados hace años es como si un médico recetara medicamentos hoy basándose en el estado del paciente de hace varios años. Las políticas públicas, al igual que la medicina, necesitan decisiones basadas en diagnósticos actualizados.
Por otra parte, los retos que tienen hoy nuestras sociedades requieren planificación y recursos. El envejecimiento demográfico, el acceso a la vivienda, la transformación digital, la transición energética, la inmigración o la necesidad de reforzar el estado del bienestar son cuestiones que no se pueden abordar únicamente con medidas puntuales. Necesitan estrategia, estabilidad y compromisos presupuestarios claros. En este contexto, las instituciones que son capaces de aprobar regularmente sus cuentas transmiten una imagen de madurez política y de calidad institucional.
Ahora bien, en democracia los presupuestos rara vez son perfectos para todo el mundo. Son el resultado de un proceso de negociación en el que diferentes sensibilidades políticas intentan incorporar sus prioridades. Precisamente por ello, aprobarlos exige diálogo y voluntad de encontrar puntos de encuentro. Gobierno y oposición tienen, en este sentido, una responsabilidad compartida. Gobernar implica proponer, pero también escuchar y negociar. Y hacer oposición no significa solo criticar, sino también contribuir a mejorar las propuestas cuando estas pueden ser útiles para el país. A menudo, los mejores presupuestos son aquellos que incorporan aportaciones diversas y que nacen de acuerdos amplios. Y, como sucede con frecuencia en política, el progreso suele llegar cuando todas las partes son capaces de ceder un poco para construir soluciones compartidas. Cuando esto ocurre, la sociedad suele ganar mucho más de lo que pierden quienes han tenido que renunciar a una parte de sus posiciones iniciales. Porque, al fin y al cabo, los presupuestos no son solo una herramienta de gobierno: son una herramienta para avanzar como país. Un país puede funcionar sin presupuestos, pero difícilmente puede avanzar sin ellos.
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