
Catedrático de Derecho Procesal de la Universitat de Barcelona.
¿Por qué no a la guerra?
No se pone en discusión que Maduro o Jameneí fueran dictadores. Lo que resulta evidente es que no se pretendía acabar con ellos para favorecer a sus pueblos, sino por razones de puro interés personal de Trump y Netanyahu
Trump dice que no está "interesado" en el Nobel de la Paz en medio de la guerra de Irán
Primera denuncia contra Trump y Netanyahu ante la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra en el ataque contra Irán

RCHIVADO - 7 de julio de 2025, EE. UU., Washington: El presidente estadounidense Donald Trump (izq.) recibe al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y a su esposa, Sara, en el Pórtico Sur de la Casa Blanca. / Daniel Torok/Casa Blanca/dpa
Fue ya un mal presagio la invasión de Gaza, que incluso tras los crímenes de Hamás, se saldó con algo que no se puede llamar ni siquiera represalia ni disuasión, sino simple venganza con vocación incluso de limpieza étnica, vía muerte o vía desplazamiento de la población. Dejar pasar este tipo de cosas tiene consecuencias. El mundo siempre tendrá abusadores, gentuza que solo se siente bien machacando a los que considera inferiores, como cualquier matón de escuela. El problema es que cuando al abusador no le pasa nada y sale vencedor, gana un aparente prestigio y otros se ponen a imitarle.
Es justamente lo que está ocurriendo con Donald Trump. Observa que Putin invade un país soberano y, pese a los problemas inmensos en que está sumida Rusia ahora mismo como consecuencia de las sanciones internacionales y de la propia guerra, al líder no le pasa nada. Igual que a Netanyahu con sus crímenes en Gaza. Y, tras ello, es fácil pensar que puedes secuestrar o matar a jefes de Estado, lo que, además, en el caso de Trump, te acaba saliendo redondo porque casi nadie habla entonces, al menos por unos días, de los archivos de Epstein. Quién sabe si el ataque a Irán se aceleró precipitadamente tras la detención, hace muy pocos días, del príncipe Andrés de Inglaterra…
Lo que está ocurriendo es claramente contrario a uno de nuestros principales valores culturales: dar la razón, no al más fuerte, sino a quien tiene la verdad de su lado. La idea se remonta al antiguo Egipto, momento en el que apareció en sociedad la diosa Maat, que era la divinidad de la justicia, justamente llamada así –Iustitia– cuando fue copiada por los romanos a través de la cultura griega, que la habían adoptado antes por medio de la diosa Themis. Lo curioso es saber que el término “maat”, en antiguo egipcio, equivalía a la actual palabra “verdad”. Conociendo eso, cuesta ya muy poco saber lo que era la justicia para el pueblo egipcio: dar la razón a aquel cuya posición estuviera respaldada por la verdad. Eso es lo que ordenó hacer aquella antigua cultura en los procesos judiciales, que fueron creados por ese pueblo, precisamente, para que a través de la prueba se consiga averiguar la verdad.
Lo interesante de todo ello es que esta idea es producto de un tremendo salto evolutivo que alejaba al 'homo sapiens', en este terreno, del mundo animal, donde nunca vence aquel que defiende una decisión respaldado por la realidad, sino que la única realidad es que gana un conflicto el más fuerte, o al menos el más habilidoso. En consecuencia, se introduce así en nuestra especie una variable netamente moral, aunque con ventajas evolutivas. Dar la razón a quien tiene la verdad de su lado, y no al más fuerte, ayuda a distribuir los bienes escasos entre todos. Lo que necesitamos no es acaparado por unos pocos, sino que se entiende la importancia de que todos disfruten de una posición de igualdad para obtener la felicidad de todo un colectivo, y no solamente la dicha efímera de unos pocos abusadores.
Y esta idea es nuevamente un paso hacia adelante en la evolución: entender que la propia felicidad de uno mismo depende de la felicidad de nuestro entorno. Captar que es imposible gozar de paz y tranquilidad hasta las últimas consecuencias si hay alguien a nuestro lado que está sufriendo y no se le asiste debidamente. Se comprenderá que las consecuencias socioeconómicas de semejante pensamiento no se quedan en el terreno ideológico, sino que trascienden a la gobernanza de toda una sociedad. Todas nuestras leyes quedan impregnadas por esa idea, que es la que, en el fondo, se intenta instalar en nuestras democracias, aunque poquísimas veces se explique de ese modo.
Las últimas acciones en Irán y Venezuela, secuestrando o matando a jefes de Estado, contravienen todo lo anterior, provocando además una crisis en la política internacional sin precedentes. No se pone en discusión que Maduro o Jameneí fueran dictadores. Lo que resulta evidente es que no se pretendía acabar con ellos para favorecer a sus pueblos, sino por razones de puro interés personal de Trump y Netanyahu. Ambos tienen problemas judiciales que esconder, siendo el humo que deja la guerra la cortina ideal para ello. Y ambos necesitan ganar elecciones para seguir iniciando guerras.
Suscríbete para seguir leyendo
- Apagón digital: este sábado muchas familias estarán sin móvil durante unas horas
- Tim Spector, experto en microbiota: 'El café de la mañana puede cuidar la salud intestinal y el bienestar general
- Siete mujeres y un joven dan el primer paso para 'reconstruir' un pueblo deshabitado
- Aurelio Rojas, cardiólogo, sobre los beneficios del magnesio: 'Puede ayudar a perder peso y mejorar el estrés
- Encuestas de las elecciones en Andalucía 2026: así están los sondeos
- Aarón Martínez, el adolescente que hace arte con un boli Bic, estrena su primera exposición
- El intestino, origen de enfermedades como la psoriasis y la esclerosis múltiple
- El Hospital Clínico San Carlos investiga la fabricación de un jarabe con cannabidiol para el daño cerebral en recién nacidos