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Opinión | Memoria histórica
Albert Soler

Albert Soler

Periodista

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Los Bufí ganamos la guerra

En estos tiempos que corren, cuando el triunfo se mira con suspicacia, perder -ya sea una guerra, una partida de cartas o el sueldo en una tragaperras- otorga señorío y distinción

Manifestación en Barcelona para exigir que la comisaría de Via Laietana se convierta en un centro de memoria histórica

Manifestación en Barcelona para exigir que la comisaría de Via Laietana se convierta en un centro de memoria histórica / JORDI COTRINA

Hace semanas que se debate en España si la guerra la perdimos todos, si la ganamos todos, o si la ganamos o perdimos según con qué pie nos levantemos el día que nos lo pregunten. Uno, que no ha vivido más guerra que la de intentar madrugar tras una noche toledana, debe tirar de imaginación para saber a qué guerra se refieren, ya que jamás la nombran por su apellido, supongo que es la civil, la del francés queda muy lejos y las dos mundiales nos pillaron con tanta hambre que, de haber pegado un tiro, lo habríamos disparado a un gato, para tener algo que comer durante la semana.

Aunque -espero no equivocarme- se refieran a la guerra civil, llama la atención esa primera persona del plural que usan quienes pretenden averiguar si “la perdimos” o “la ganamos”, como si la hubieran padecido o disfrutado, cada cuál lo suyo. La civil es la guerra más reciente, pero ya no queda apenas nadie que la viviera, por supuesto nadie que la viviera como un adulto, con lo que incluirse entre los vencedores o los perdedores tiene mucho de pose, de quedar bien. Más entre los perdedores que entre los vencedores, porque en estos tiempos que corren, cuando el triunfo se mira con suspicacia, perder -ya sea una guerra, una partida de cartas o el sueldo en una tragaperras- otorga señorío y distinción. La historia, contra lo que se cree, no la escriben los vencedores, sino los derrotados que saben contarla.

Mis bisabuelos Bufí tenían tres hijos, el mayor de los cuales llegaría al cabo de los años a ser mi abuelo, el 'avi' Enric, no sin la cooperación de mi abuela. Enric fue reclutado por el ejército republicano y mandado a la guerra. Le seguía Francesc, ese llegaría a ser mi tío Paquito, a quien el estallido del conflicto le pilló haciendo la mili en algún lugar afín a los rebeldes, por lo que fue enrolado en el ejército nacional y mandado también a la guerra. Ambos llegaron a participar en la batalla del Ebro, cada uno en su bando, nunca supieron si se habían disparado el uno al otro, si así fue, tenían una afortunada mala puntería. Sobra indicar que ninguno de los dos quería estar en la guerra, como no lo quería casi ninguno de los soldados que participaron en ella, salvo algunos fanáticos de uno y otro bando, idealistas les llaman ahora. El tercer hermano era Josep, el tío Pito, quien se salvó en principio de ir al frente debido a su corta edad, y digo en principio porque cuando las cosas se pusieron feas para la República, alistaron por la fuerza a niños de 16 años, la llamada quinta del biberón. Mis bisabuelos debieron de ser gente con principios, y no hay principio más elevado que proteger a los hijos, conque, echando cuentas, llegaron a la conclusión de que con dos hijos pegando tiros sin que nadie les hubiera preguntado si esa era su objetivo en la vida, había más que suficiente. Al tercero lo escondieron en casa de unos familiares que vivían en la montaña, lo cual era un grave delito, quien sabe si castigado con el fusilamiento del niño, qué más da, que se joda la República, que se joda Franco y que se joda la guerra, pensarían mis antepasados. Así que mi tío Pito se pasó lo que quedaba de guerra entre gallinas y terneros, que es mucho más sano que entre trincheras y morteros. Los tres salieron de la guerra sin un rasguño y, poco más adelante, crearon su empresa de transportes.

No recuerdo que el 'avi' Enric me contara nunca ninguna historia de la guerra, y eso que vivimos siempre en el mismo piso, hasta su muerte. Sé, eso sí, que abominaba de los republicanos -a pesar de haber luchado por ellos- por sus excesos, aunque con estos no se refería a las checas o a las violaciones de religiosas, nada de eso, sino a que le habían requisado para la guerra a su caballo, un animal al que quería con locura y que además tiraba del carro con el que se ganaba la vida antes del primer camión. 'Moro', se llamaba el bicho, por fortuna para él, mi abuelo murió antes de saber que hoy le denunciarían por poner ese etnicista nombre a un jamelgo. Nunca más supo de 'Moro' -con perdón-, tal vez cayó en el frente y su cuerpo descansa en alguna cuneta, tengo que preguntar si, como heredero del 'avi' Enric, me puedo acoger a la ley de Memoria Histórica.

Mi familia sí ganó la guerra. Todos la sobrevivieron, que es la única forma sensata de ganarla, sea uno del bando que sea. Todos salvo 'Moro', claro.

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