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Opinión | Décima avenida
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Trump en Zamora

El debate político es una lucha de relatos mediáticos: “o Trump o yo”, “o el sanchismo o nosotros”, “o la extrema derecha o nosotros”

Leonard Beard

Leonard Beard / Leonard Beard

Carlos Martínez, alcalde de Soria, candidato socialista a la presidencia de la Junta de Castilla y León, lo dice con todas las letras en una entrevista a ‘La Opinión de Zamora’ y el resto de los periódicos de Prensa Ibérica: “Quiero poner en valor lo que representa hoy Pedro Sánchez. Es el bastión internacional de la defensa de los derechos”. La letra cambia, pero la melodía es muy similar a la que compuso Leire Pajín en el lejano 2009, cuando Barack Obama llegó a la Casa Blanca y la dirigente socialista dijo: “Les sugiero que estén atentos al próximo acontecimiento histórico que se producirá en un nuestro planeta: la coincidencia en breve de dos liderazgos progresistas a ambos lados del Atlántico, la de Obama en Estados Unidos, y la de Zapatero en la UE”.

En las elecciones del domingo en Castilla y León, la suerte de Carlos Martínez —ejemplo de político con una reconocida labor local por sus conciudadanos (ha ganado en Soria en cinco elecciones seguidas, las cuatro últimas con mayoría absoluta)— no dependerá de la guerra en Irán. Él mismo admite en la entrevista que no sabe si el ‘No a la guerra’ sirve para movilizar al electorado de izquierdas. Esa letra y esa melodía no están pensadas para que Martínez se enfrente a Alfonso Fernández Mañueco. Su objetivo es confrontar a Pedro Sánchez con un rival a su medida: Donald Trump. Un adversario, sin duda, planetario.

El eje de la conversación

Sanchismo vs. antisanchismo es el eje que define la (ensordecedora) conversación política hoy. Sus límites no los marcan exactamente la ideología izquierda/derecha (PNV, poco sospechoso de ser de izquierdas, es criticado y tildado de sostén del sanchismo por la oposición; las críticas de barones socialistas díscolos como Emiliano García Page); tampoco diferencias irreconciliables en la política económica (Carlos Cuerpo es uno de los grandes desconocidos del Ejecutivo, ignorado por la oposición); ni visiones opuestas en temas capitales de la España de hoy como la vivienda. En el universo de sanchistas contra antisanchistas que domina la política española es Pedro Sánchez (sus decisiones, sus declaraciones, sus socios, sus enemigos, sus filias, sus fobias, su salud, sus rutinas de entrenamiento, sus ‘reels’ en redes) el único tema de conversación. En el ámbito local y autonómico, al que pertenecen unas elecciones autonómicas, todavía hay margen para la gestión, pero en el plano estatal se impone la lógica de la batalla permanente alrededor de Sánchez.

En el escenario autonómico, las cosas no parecen irle bien al presidente del Gobierno, vistos los resultados en Extremadura y Aragón y a falta de ver el desempeño de Carlos Martínez el domingo y el de María Jesús Montero en Andalucía. El auge de Vox parece ser como Thanos en las películas de los Avengers (“Inevitable”), la duda no es si las derechas ganarán, sino por cuánto, y la marca sanchista suma duros varapalos (Pilar Alegría en Aragón). La traslación nacional de estos reveses autonómicos ha llevado a Sánchez a redoblar la apuesta: Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal no son rivales, sino los minions españoles del auténtico adversario: Trump.

El presidente estadounidense, como rival, ofrece múltiples ventajas: es un villano sideral; a diario ofrece motivos de sobra para oponerse a sus políticas, ya sea por principios democráticos, ya sea por sentido común; en España, desde el franquismo, hay una corriente de animadversión hacia Estados Unidos que se mantiene en el tiempo; no faltan periodistas en Washington que le preguntan por sus obsesiones para que se explaye y alimente la máquina, y España hoy es una de ellas. Pero su principal ventaja es que, bajo el paraguas protector de la UE, confrontar con Trump sale muy barato. De ahí los nervios cuando el presidente estadounidense habló de embargo y el canciller alemán, Friedrich Merz, calló vergonzosamente. Eso, potencialmente, ya no era un desvarío.

Si las dos derechas quieren llevar la conversación electoral a un “o Sánchez (y el sanchismo) o nosotros”; si los partidos que de una forma u otra han apoyado la legislatura prefieren hablar de un “o la extrema derecha o nosotros”, el presidente del Gobierno ha redoblado la apuesta: “o Trump o yo”. Es dudoso que le sirva en contiendas autonómicas y locales, y está por ver si le funcionará en el ámbito nacional. Elecciones planetarias aún no hay.