
Escritor
El día que vi a Xavi y Laporta comprándose ropa
He recordado esa escena tras la entrevista que el exjugador ha concedido para despacharse contra el presidente
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Joan Laporta y Xavi Hernández. / JORDI COTRINA
A finales de junio de 2024, pude visionar el futuro: en concreto, la versión culer del Gran Cisma de Occidente que estamos viviendo esta semana de elecciones. A veces, la Historia decide escoger como testigo a un observador indigno de ese honor. Ese fui yo, cuando vi en una tienda, con cinco minutos de diferencia, a Xavi y a Laporta. Y entendí, en una sola jugada, la gravedad del asunto.
Los hechos acaecieron en la sastrería Santa Eulàlia. Ese es el primer capricho del azar: no suelo frecuentar este tipo de comercios, donde un cinturón puede costar medio salario mínimo. Pero ese día acompañaba a mi cuñado, que (por puro amor a mi hermana) había decidido expoliar su propia cartera para encargar allí una americana blanca de esmoquin para la boda.
Justo en el momento en que le tomaban medidas, cuando el sastre le decía “parece que te tira de la sisa”, vi a Xavi Hernández. Supe que era él, porque entró como un rayo, pisando la moqueta con los mismos movimientos que exhibía en el círculo de césped del centro del Camp Nou. Miraba en todas las direcciones, avizoraba todo en 360 grados, podría haber cogido unos gemelos y pasárselos de rabona al maniquí del frac. Yo mismo me puse en tensión por si me daba una asistencia. “Hostia, Xavi”, dije con admiración perpleja, reconociendo en cada gesto (también en su peinado) a uno de los mejores futbolistas de la historia. Él asintió. Amagué con pedirle una foto, pero mi cuñado me dijo que le daba un poco de vergüenza.
Xavi se movía por la tienda con esa mezcla de pausa y electricidad con la que dominó el fútbol. Sin embargo, la inquietud se podría deber a otra cosa. Me volví a girar, tras decirle a mi cuñado que la solapa me parecía ancha, y ya no estaba. Y unos minutos después entró el segundo personaje.
Porque no tuve otro remedio que frotarme los ojos cuando vi a Joan Laporta. Se manejaba con más lentitud que Xavi, pero con mucho aplomo. Señalaba prendas de ropa ('tengui', 'falti') como si fueran cromos. Me recordó a ese vídeo de Michael Jackson vaciando un bazar. La coincidencia era paranormal, pero también noticiable: al fin y al cabo, ya se había anunciado el cese de Xavi como entrenador. Ahora, por cierto, tampoco estaba en la sala de los sastres. ¿Se debían esos movimientos nerviosos a su estilo futbolístico o al aviso de que llegaba el presidente? ¿Era casualidad que hubiera salido segundos antes de que Laporta entrara? La ruptura había sido traumática, pero aún no se habían oreado diferencias como las que hoy sabemos. ¿Tan mal se llevaban como para jugar al escondite en una sastrería?
Recuerdo que Laporta se compró un traje de lino blanco (una apuesta arriesgada) que luego le vi vestir en la gira estival y que, pese a todo, parecía estar hecho para él: el brío desacomplejado, el riesgo estilístico temerario, la victoria por la vía del carisma y aunque se noten las costuras.
He recordado esa escena tras la entrevista que Xavi ha concedido para despacharse contra el presidente. A mí, que 'porto l’escut al pit', estos líos me 'rompen el cor'. Creo que Xavi es como ese mariscal (de 'Los duelistas' de Conrad o 'La marcha Radetzky' de Roth) impepinablemente audaz y talentoso en el campo de batalla (en este caso, de juego) pero que luego se siente incómodo en la vida civil (es decir, cuando ya no es futbolista) porque no se aplican los mismos códigos.
Y Laporta me parece algo así como el Pau Riba futbolístico, casi contracultural por su carácter expansivo y cafre. Un tipo que lo fía todo a la intuición efervescente, a la inspiración del día antes del examen, pero que suele salir victorioso, con la suerte (pero también la seguridad) de Cruyff en las ligas tinerfeñas. Quizá si me prometiera un bizum no confiaría en recibirlo al día siguiente, pero en un género (las presidencias futboleras) donde cotiza al alza un arrojo casi insensato, y unos tejemanejes que quizá no huelan bien bajo la luz del sol, me parece, como dicen que diría Churchill, el mal mejor.
La boda, por cierto, fue preciosa. El vals nupcial acabó con una canción de Karol G. La invoco ahora para intentar unir a estas dos leyendas del Barça, queridas por y pese a todo: “Qué hubiera sido / si antes te hubiera conocido / seguramente / estarías bailando esta conmigo / no como amigos”.
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