
Periodista
Comer es un placer
Nos hemos vuelto incapaces de disfrutar de lo más bonito que hay en esta vida: la comida

Estantes de comida preparada en un supermercado / ShutterStock.
“Comer es un placer si sabes comer bien”, cantaba Miliki. A mí siempre me ha gustado comer sola. Sí, soy de esas personas raras que ves sentadas solas en un restaurante y piensas: pobre, no tiene amigos. Pero en realidad estoy encantada. Bajo a algún bar del barrio, pido algo sencillo y dejo resuelta la comida del día alimentándome con algo decente sin complicarme demasiado. La cena ya es otra historia. La cena pide conversación, amigos y unas risas. Algo muy simple que cada vez se complica más. Entre alergias reales, intolerancias, vegetarianos, veganos militantes y gente que te mira raro si pides pan para mojar la salsa, montar una cena se ha convertido en un asunto de alto riesgo, en el que unas trazas de esto y otras de aquello pueden poner en peligro la vida de los comensales. Cuando, en realidad, lo que pone en peligro es la salud mental de todos. La solución para algunos es cenar en casa y que cada uno traiga un plato. Algo muy mediterráneo, sí. Suena muy práctico, pero en realidad es bastante triste: uno se come su tofu, otro su quinoa con aguacate, otro su queso de anacardos. Al final, cada uno se come lo que ha traído y la cena ya no tiene ni gracia ni sentido. Y no sé, qué quieren que les diga. A mí me gustaba más el sistema de antes. Si algo te sentaba mal, te tirabas cuatro pedos y punto. Nos hemos vuelto incapaces de disfrutar de lo más bonito que hay en esta vida: la comida. ¿Cómo es posible que ahora todo el mundo tenga algo que no puede comer? ¿O que no debe comer? ¿O que no quiere comer? No recuerdo a mi madre preocupada por el gluten ni por supuestas amenazas alimenticias que algunos creen que siempre han estado ahí. Cocinaba lo que había, lo ponía en la mesa y todos comíamos lo mismo. Y sin quejarnos. No como algunos niños de ahora, que parecen críticos culinarios de alta cocina. En aquellos tiempos, si a algún crío se le ocurría preguntar qué había para comer, la respuesta siempre era la misma: comida.
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