
Directora adjunta de EL PERIÓDICO DE CATALUNYA
Europa quiere ser una fábrica y no un bazar: el giro industrial de la UE

Un empleado trabajando en una fábrica de coches Porsche en Leipzig (Alemania). / Jan Woitas/dpa-Zentralbild/dpa - Archivo
Europa empieza a asumir que, sin un mínimo de protección, su industria compite en clara desventaja frente a potencias que sí blindan a las suyas, como Estados Unidos y China. La ausencia de una base industrial lo suficientemente sólida no es baladí: limita la autonomía estratégica y la soberanía económica, retrasa la transición climática y dificulta sostener el modelo social europeo.
Así cabe entender la recién presentada Ley de Aceleración Industrial, que dará prioridad al Made in Europe en las licitaciones y en las ayudas públicas. Además, pondrá condiciones a la inversión extranjera que, en determinados supuestos, no podrá superar el 49% del capital en sectores como el acero, el cemento, el aluminio o la automoción, entre otros. La normativa, a la que aún le queda una larga tramitación en el Consejo y en el Parlamento Europeo, deberá contribuir a que la industria represente el 20% del PIB europeo en 2035, frente al 14% actual.
La reacción de Europa, convencida de que quiere ser una fábrica y no un bazar, es lógica. Durante décadas defendió una apertura casi pedagógica de sus mercados, pero la pandemia demostró que las cadenas de suministro podían paralizar economías enteras en cuestión de semanas. La crisis energética posterior, agravada tras la guerra de Ucrania, evidenció algo todavía más delicado: depender del exterior en ámbitos críticos es un riesgo estratégico que la UE no se puede permitir. China lleva décadas exigiendo socios locales y limitando el control extranjero en sectores clave, al tiempo que impulsa a sus campeones nacionales. Estados Unidos también se mueve en esta dirección de la mano de Donald Trump.
El éxito de esta norma dependerá, en gran medida, de cómo se aplique. Si se convierte en un instrumento ágil para fortalecer las cadenas de valor europeas, atraer inversión de calidad y generar empleo estable, habrá cumplido su misión. Pero si deriva en un mecanismo burocrático, sujeto a vetos discrecionales o utilizado para proteger intereses nacionales ineficientes, el remedio podría ser peor que la enfermedad.
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