
Profesora de Ciencia Política de la Universitat de València. Miembro del Comité Editorial de EL PERIÓDICO
El 'No a la guerra' como dogma
El debate sobre Irán exige precisamente escapar de este falso dilema entre pacifismo moral y fatalismo político
Legitimidad y legalidad internacional
Luces sobre Irán

Unos niños juegan alrededor de un misil iraní sin explotar caído en las afueras de Qamishli, en el este de Siria. / DELIL SOULEIMAN / AFP
Oponerse a la guerra suele despertar consensos rápidos y reconfortantes porque descansa sobre una afirmación moral difícilmente cuestionable: la guerra es mala. Siempre. Y lo es porque destruye vidas, arrasa territorios y proyectos de futuro, y activa una lógica de brutalidad difícilmente compatible con cualquier ideal humanista. Pero reconocer su maldad no basta para evitarla o impedirla.
Esta oposición, además, suele ir acompañada de una apelación sistemática al derecho internacional, elevado a la categoría de dogma. Se invoca como si, por sí solo, bastara para contener las ambiciones, los conflictos y las rivalidades entre Estados. El problema no es que esa aspiración exista -de hecho, es deseable-, sino confundirla con una descripción del funcionamiento del mundo cuando no es más que una creencia. Por eso, cuando se sostiene que basta con remitirse al derecho internacional para resolver conflictos como el de Irán, lo que aparece no es tanto un análisis del funcionamiento real del sistema internacional como una confianza normativa en lo que ese orden debería ser. Y, como ocurre con todo dogma, su función principal no es explicar la realidad, sino ofrecer tranquilidad moral frente a su complejidad.
En el caso de Irán, ante la imposibilidad de intervenir dentro de las reglas del derecho internacional -es decir, mediante un mandato de la ONU-, reaparece inmediatamente el argumento de que lo responsable es no hacer nada. No porque el régimen iraní sea defendible -nadie en su sano juicio lo sostiene seriamente-, sino porque intervenir, se afirma, siempre empeora las cosas. Lo sucedido en Irak o Afganistán basta como ejemplo. La conclusión parece obvia: mejor abstenerse.
Un argumento con apariencia de moderación que lo hace especialmente atractivo. Nadie quiere empeorar una situación ya problemática ni abrir la puerta a consecuencias imprevisibles. Se trata de un tipo de razonamiento que pertenece a una tradición intelectual bien conocida y que Albert O. Hirschman describió con precisión en su análisis de la retórica reaccionaria denominándola «la tesis del riesgo». Según esta lógica, cualquier intento de cambio o cualquier intervención puede agravar el problema que pretende resolver, por lo que la prudencia aconseja no actuar.
Pero la tesis del riesgo encierra un problema evidente: si se lleva hasta sus últimas consecuencias, paraliza cualquier acción política. Siempre existe la posibilidad de que intervenir salga mal y la historia ofrece numerosos ejemplos de ello. Pero también muestra situaciones en las que la inacción hizo que los problemas se agravaran hasta volverse mucho más nocivos.
El debate sobre Irán exige precisamente escapar de este falso dilema entre pacifismo moral y fatalismo político. Reconocer que la guerra es moralmente mala no equivale a sostener que todas las guerras son evitables ni que toda intervención es necesariamente peor que la pasividad, incluso si la intervención no encaja en el marco del derecho internacional.
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