Opinión | Liderazgo comunitario

Periodista
Qué suerte ser mujer
Las mujeres crecemos aprendiendo a mirar el mundo con más de una lente a la vez, habitamos muchas dimensiones simultáneamente y aparecemos allí donde se construye comunidad

Una joven, en la manifestación del 8M, el año pasado en Barcelona.
Recuerdo que, de preadolescente, no sé exactamente en qué momento ni por qué, deseé haber nacido niño. A esa edad empezaba a ser consciente de que eso de ser mujer sería como subir un Tourmalet, o quizá observaba la aparente simplicidad de las aspiraciones de los niños a esa edad mientras a mí ya me pasaban mil cosas por la cabeza. Sí, por lo que fuera, recuerdo que durante un tiempo pensaba que habría tenido suerte si hubiera nacido niño. Se me pasó, claro, y décadas después, cuando germinaba dentro de mí mi hija, en absoluto deseé que no lo fuera. De hecho, ahora puedo confesarlo: deseaba íntimamente que fuera una niña, a pesar de la falta de privilegios a la que la condenaba.
Con los años he entendido que aquel vértigo de la infancia no era una debilidad, sino una forma de lucidez prematura. Lo que vendría, mi existencia como mujer, venía cargada de sutilezas que a veces se me harían pesadas. Las mujeres crecemos aprendiendo a mirar el mundo con más de una lente a la vez: la de lo que ocurre y la de lo que se insinúa, la de lo que se dice y la de lo que queda suspendido entre palabras. Esa atención a los matices, que tantas veces se ha calificado con condescendencia como sensibilidad, es también una poderosa forma de inteligencia.
Ser mujer significa habitar muchas dimensiones simultáneamente. Pensar, cuidar, anticipar y sostener. Significa entender que la vida colectiva no se construye solo con grandes decisiones, sino con mil gestos invisibles que mantienen unida la trama social.
Quizá por eso aparecemos con tanta naturalidad allí donde se construye la comunidad: en las asociaciones de barrio, en las escuelas, en las entidades culturales, en los movimientos solidarios. En los clubes de lectura -de los que soy espectadora privilegiada estos días que presento mi novela 'La segunda vida de Ginebra Vern'. Percibimos el flujo de las aguas subterráneas y queremos decirlo en voz alta y convertirlo en algo. Habitamos el mundo, lo pensamos y, cada vez más, lo reescribimos.
Cuando las mujeres se juntan ocurre algo particular. La experiencia individual se transforma en relato compartido. Es una manera de imaginar el mundo en común sabiendo que todo ese Tourmalet -el cuidado, la cooperación, la mirada atenta- es, en realidad, lo que hace avanzar la historia.
Ser mujer es la primera forma de conciencia y de identidad.
Mi equipo.
Qué suerte ser mujer.
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