
Periodista
Hombres que mueren por el fútbol o casi
Para evitar altercados, lo mejor es ir a ver el partido en el bar, yo adopté esa costumbre hace años

Árbitros de fútbol. / Shutterstock
Insultar a una mujer está feo, aunque sea la propia. Salvo si la mujer es italiana, que entonces pasa de feo a peligroso. A algunas ni siquiera hace falta insultarlas, basta con que ellas lo interpreten así para que se desencadene el infierno, como sabe el napolitano que estaba viendo por la tele un partido de fútbol de su equipo y empezó a amenazar y a lanzar improperios contra el VAR por anular un penalti a su equipo. La esposa -se ignora si se llama Bárbara y en la intimidad se hace llamar Bar, lo que explicaría la confusión- pensó que los nada cariñosos epítetos iban dirigidos a ella y se sintió ultrajada, así que le lanzó unas tijeras al sufrido esposo, aunque con poca puntería. Dio igual. Si el marido pensó que se había salvado de la ira conyugal, se equivocó, porque acto seguido lo hirió con un cuchillo, una italiana enfurecida no se rinde a la primera, y entonces ya acertó. Por utilizar un símil futbolístico que el 'tifoso' agradecerá, fue como haber detenido un penalti con tan mala fortuna que el rechace fue a parar de nuevo al delantero, que esta vez no perdonó. De nada servían los lamentos del 'tifoso', ensangrentado en el suelo y jurando por la santa 'madonna' que dirigía los insultos al televisor.
-Al televisore? Ma voi pensai que io sono stronza?- y le asestaba otra cuchillada, esta por tomarla por imbécil.
Y aun tuvo suerte el hincha del Napoli de que, herido, logró llamar a los 'carabinieri', que se personaron en el domicilio poniendo fin a la disputa, o a esta hora estaría en la morgue y no en el hospital, a donde fue trasladado con dolor en el cuerpo por culpa del ataque y en el alma por la derrota de su equipo, este último mucho peor. Lo bueno es que en Italia esas discusiones familiares se olvidan en seguida, a esta hora ya está la mujer preparando una fuente de espaguetis para recibir a su marido en cuanto le den el alta, y el próximo partido televisado lo van a ver los dos juntos en el sofá, insultando a coro al árbitro, al VAR y a los jugadores, el amor es así.
Para evitar altercados, lo mejor es ir a ver el fútbol al bar, yo adopté esa costumbre hace años, mi señora no es napolitana pero es de Salt, que no es poca cosa, y estoy seguro de que sabe lanzar cuchillos. Una esposa enfurecida primero dispara y después pregunta, así que mejor no dar pie a la confusión, el día de partido cojo bufanda, gorra, camiseta y bandera, y bajo a La Tahona, donde nada más verme entrar ya me sirven una caña. Sucede que ni en los bares está uno seguro. Hace unos días estaba viendo al Barça en mi asiento habitual cuando, ante un error de un jugador en el pase, grité a todo pulmón: “¡Qué haces!”, en el preciso momento en que una señora que llegaba a cenar estaba sentándose a su mesa, justo delante de mí. La mujer pensó que le gritaba a ella, pegó un respingo que pareciera que había un clavo en su silla y me lanzó una mirada de culpabilidad -”¿qué habré hecho yo, que nada más llegar este señor con gorra y bufanda me grita de esta manera?”, decían sus ojos-. Eso, al principio, porque en cuanto se le pasó el susto, me observó primero airada y después cabreada -algo influirían las risas de los parroquianos que siguieron la escena-, segura de que yo le estaba echando en cara algo, lo que fuese. Por fortuna, todavía no le habían preparado la mesa y por lo tanto no tenía ningún cuchillo a mano, ni siquiera un triste tenedor, o yo me habría convertido en el primer hombre víctima de confusión futbolística a manos de una mujer, bastantes días antes que el napolitano, a quien desde aquí deseamos una pronta recuperación. También por fortuna, la jugada no terminó en gol.
Cuando decían que tanto fútbol televisado terminaría por romper muchos matrimonios, uno creía que hablaban de divorcios y separaciones provocados por la desatención marital de las obligaciones conyugales, a veces en favor de un triste Albacete-Barça de la Copa del Rey. En realidad, se referían a rupturas definitivas y por las bravas, al estilo clásico, con un montón de viudas sobrevenidas porque alguien -a veces ellas mismas- fue demasiado susceptible con los insultos que un hombre dirigía a una pantalla de televisión y se tomó la justicia por su mano. El VAR no mató al fútbol, sino a sus aficionados.
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