
Periodista y escritor
Pues sí: No a la guerra
Esta confrontación de Oriente Medio es una oportunidad para mejorar su peculio. Es dinero, siempre hay dinero por medio
Trump redobla su ataque a España y tilda al país de "perdedor"

Trump avisa en su red social que sólo parará hasta la rendición incondicional de Irán / Agencias
La guerra se agranda, y da rabia que se estén fraguando en torno a ella distintos modos del dolor y del regocijo. Los que la organizan están rodeados de sabiondos que se han estudiado los defectos e, incluso, las maldades del otro, mientras que los que la van a perder ya saben cuáles son sus destinos, los de la muerte, los del exilio, los de la nada.
Querer la guerra es ignorar la muerte, quererla para los que van a morir, desearla para colgarla del estupor y del miedo. España sabe de esto tanto como todo el mundo que lo ha sufrido; no querer la guerra (No a La Guerra) es no quererla nunca, porque las que hubo más grandes en el siglo XX ya dejaron atrás miles y miles de muertos, de exiliados, miles, millones de tristezas. En Europa, en España, en el mundo. Donde quiera que haya habido deseo de venganza o de sangre, ahí han estado la guerra y la muerte. El desastre de la muerte.
¿No a la Guerra? Pues claro. ¿Por qué los españoles hemos de querer la guerra? ¿A qué viene esta sed de venganza que hemos de heredar de las ocurrencias del presidente de los Estados Unidos? Donald Trump, que ha generado la urgencia de esta contienda, es una máquina de decir mentiras, de propiciarlas con el deseo de ser él el rey de todas las contiendas. El que las ha de ganar, el que las ordena y el que las organiza. Las que él quiere, y las arranca desde la zona de baile de su casa junto al mar.
La guerra puede ser grande o chiquita, pero es suya. Lo fue cuando sus huestes armadas asaltaron el Capitolio, y lo es cuando decide ahora que el enemigo al que se enfrenta es todo el mundo, entre ellos el presidente del país en el que vivimos. Trump se burla de los suyos y de los nuestros, de los que ya conocen sus bravatas ruidosas y de los que todavía no se han caído del guindo al que se agarra mientras baila.
Ha hecho bien, por cierto, el presidente de los españoles en acudir pronto a contradecir el desafío de la maldad. ¿Por qué ha de ser España parte de la guerra si ella no la buscó, ni la buscó otro que el presidente de los Estados Unidos con la risa astuta del primer ministro de Israel? Él baila después de dar órdenes, y cuando le contradicen amenaza como si él fuera parte mayor de una cárcel que domina y que lo tiene como guardián.
Netanyahu, su más claro vigilante, el más fiel, acabó en falso una guerra horrible y desigual, y con esa risa ladina acudió a Trump para que este le comprara una mercancía que ya es mortal. La gran hipocresía del mundo los tiene a los dos confiados en la idea de que ya todo está a sus órdenes. Quien no obedezca tendrá la fórmula que Trump y los suyos le han recetado a Pedro Sánchez.
En otro tiempo (también de ocurrencia norteamericana), España se juntó con una guerra muy cruenta que luego resultó provenir de una mentira. La Guerra del Golfo. El No a la Guerra nació entonces. Ahora la guerra también tiene No, pero aún este no ha salido a la calle. La gente está estupefacta. Como si hubiera miedo al que viene de Estados Unidos con las razones cambiantes que han hecho de esta reyerta una razón de mentira.
Ahora la mentira está también presente en modo de exageración. Con unas negociaciones en curso, esperando que los buenos y los malos buscaran un acuerdo para no derramar sangre, por ejemplo, Trump decidió por las malas, y no por las buenas, que bastaba con un guiño para que todo el mundo (el mundo que considera suyo) se pusiera a sus pies para acabar en un pispás con aquellos que le desagradan.
Los perseguidos por él, sátrapas, malvados, lo que queramos decir de su calaña, tienen petróleo, como los venezolanos. No es raro que Trump vaya por el mundo reservándose el petróleo como un argumento para ganar su guerra. En el caso de los venezolanos, en seguida bajaron la guardia, aunque conservaron los fetiches, que ahora parecen reliquias de otro tiempo.
Estamos en guerra, lo es y lo parece. Para los que la han puesto en bandeja, quizá porque ellos no la van a sufrir, pero la han propiciado, esta guerra de Oriente Medio es una oportunidad para mejorar su peculio. Es dinero, siempre hay dinero por medio. El todopoderoso que manda desde Mar-a-Lago o desde Washington ya no dará la vuelta atrás, pero el grito que ahora reclama su sonido, ¡No a la Guerra!, resonará en sus oídos mientras haya una luz que lo encandile.
Encontré entre mis papeles de hace años algunas notas que le escuché decir a un exiliado ilustre, Sergio Ramírez, nicaragüense. Decía: “Europa debe construir su futuro sin Estados Unidos… Este es un regreso a tiempos arcaicos: las mentiras priman como razón de Estado, petróleo, oro, cobre, caucho… Exiliado [soy] de muchas patrias… Esto me acerca la hora de volver a Nicaragua”.
Sergio Ramírez Mercado. También podría haberse llamado Sergio Ramírez Esperanza.
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