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Opinión | Crisis política
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Marzo: de 1933 a 2026

Son momentos de transformación radical del modelo social, pero no será limitando la capacidad emprendedora y la libertad individual que conseguiremos un entorno más estable y más seguro

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Reichstag building, the seat of the German parliament

Reichstag building, the seat of the German parliament / EFE / FILIP SINGER

El primer domingo de marzo de 1933, Hitler ganaba las elecciones en Alemania, después de que fuera nombrado canciller un mes antes. Aquella victoria electoral no fue fruto de una campaña en igualdad de condiciones ni mucho menos democrática, sino que fue consecuencia de un mes de febrero estremecedor. Como recoge Uwe Wittstock en su libro 'Febrero de 1933. El invierno de la literatura', en un mes Hitler consiguió derrocar el edificio democrático e imponer una dictadura que hizo temblar el mundo y llevó a Europa al capítulo más dramático de su historia. Día a día, el libro va describiendo como vivieron los intelectuales alemanes aquel mes crucial, entre el nombramiento de Hitler como canciller del Reich el 30 de enero y la noche del 27 de febrero, cuando ardió el Reichstag.

Es inevitable pensar en los paralelismos que podrían haber con la situación actual. Y lo cierto es que el mundo ha avanzado mucho y hay más elementos que nos alejan de aquel momento de los que nos acercan. Lo que más preocupa es que donde se produce un alto nivel de similitud es en la actitud agresiva y cerrada de los líderes políticos de ambas épocas, que responde al fin y al cabo a una misma carencia de voluntad de entendimiento que se vivía entonces, y se vive hoy, por parte de los diferentes colectivos de la sociedad en general.

El movimiento comunista en Alemania se vivía con una voluntad de crear un nuevo sistema que no permitía ningún tipo de convivencia con los que quisieran otro sistema, y las manifestaciones violentas se producían a diario. De la misma forma que las batidas de las SA y las SS, bajo un mantra que les tenía que llevar al “hombre nuevo”, superior.

Como recoge Bernhard Schlink, en aquel mes “se rompió lo hielo sobre el que parecían reposar sólidamente las Instituciones de la cultura alemana, pero que resultó ser muy fino (...). ¿Qué espesor tiene el hielo sobre el que hoy nos creemos seguros?”.

Sería pecar de inocencia manifestar que el grosor del hielo hoy es mucho más denso y sólido que entonces, porque la historia ha demostrado reiteradamente que es fácil provocar rendijas que acaban perforando de forma profunda instituciones y sistemas, aunque haya suficiente evidencia de que, hoy, las instituciones políticas, económicas y sociales son más transversales, sólidas e igualitarias que entonces.

Hay, en todo caso, dos aprendizajes que hay que tener muy presentes: por un lado, no ha sido nunca positiva para el país la carencia de voluntad política entre los partidos que representan el centro político y a la mayoría de la ciudadanía, para llegar a un acuerdo. Los dos principales partidos de aquel momento, con la mayoría del espectro de la cámara del Reichstag, no supieron llegar a un pacto. Y tampoco hoy no hay en la mesa de negociaciones ninguna propuesta de entendimiento entre los dos partidos principales en España, cuando se está debatiendo la asunción de los gobiernos en dos comunidades autónomas (¡y, pronto, tres!).

Conozco y reconozco los argumentos que previenen contra este tipo de alianzas, y sobre todo con la idea que a la larga puede suponer una grave desafección por parte de la ciudadanía, lo cual podría incluso hacer daño al propio sistema y sus instituciones. Podríamos estar un buen rato discutiéndolo, pero en todo caso se reconocerá que no se ha probado y que, en la historia, cuando a este tipo de grandes pactos se les ha negado su viabilidad por motivos meramente partidistas, el resultado final no ha sido positivo para el colectivo, para el bien común.

El segundo aprendizaje es que, en nombre de la seguridad y la salud económica, abdicamos rápidamente de las libertades y los derechos fundamentales. Del mismo modo que es clave el mantenimiento de los servicios públicos y las políticas sociales, lo es también saber mantener las libertades y los derechos civiles.

Son momentos de transformación radical del modelo social, y la innovación nos lleva a unos terrenos desconocidos, pero no será limitando la capacidad emprendedora y la libertad individual que conseguiremos un entorno más estable y más seguro. Corresponde a las administraciones crear el contexto que permita afrontar los grandes retos del momento, como pueden ser la vivienda o el mantenimiento de los servicios de interés general en pleno funcionamiento, pero siempre garantizando la libertad de los ciudadanos y la capacidad de sus instituciones.

La salud del edificio de un Estado democrático depende de los equilibrios que permitan la inclusión de todos sus colectivos, y negar los pactos entre los más representativos e imponer los programas de los más extremistas, no refuerza sino que debilita las instituciones. Cómo dice Martin Wolf en su último libro, 'La crisis del capitalismo democrático', es muy difícil luchar contra las soluciones rápidas y fáciles, pero no podemos nunca olvidar que “la democracia siempre es imperfecta. Pero la tiranía nunca se la respuesta”.

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