
Secretaria general del Grupo Parlamentario Socialista y portavoz del PSOE
España ante la guerra: principios o servilismo
Liderar es sostener principios incluso cuando resulta incómodo, y eso es lo que viene haciendo España desde el primer momento en todos los conflictos que nos acechan en estos tiempos
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La escalada militar tras el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán vuelve a colocar a España ante la disyuntiva de elegir entre ser actor de su propio destino, o volver a ser la comparsa de otros en sus estrategias particulares.
La posición del Gobierno ha sido clara: no a la guerra, no a la vulneración del derecho internacional y no a repetir los errores del pasado.
Es una convicción firme que sigue la misma lógica y coherencia que este Gobierno ha demostrado en los últimos años: en Ucrania, defendiendo la soberanía frente a la invasión rusa, o en Gaza, exigiendo alto el fuego cuando otros evitaban incomodar a sus aliados. Y, siempre, denunciando el atropello en todos los casos de la legalidad internacional.
Ahora, con Irán, la coherencia es la misma: rechazar el integrismo de los ayatolás no implica respaldar una escalada bélica que puede incendiar Oriente Medio, desestabilizar la economía global y desembocar en un escenario internacional de consecuencias absolutamente imprevisibles. No se responde a una ilegalidad con otra ilegalidad. Esa es la línea roja: el respeto absoluto al derecho internacional.
Por eso, en un contexto internacional dominado por el cálculo electoral, la testosterona geopolítica y el miedo a las represalias, Pedro Sánchez se ha convertido en una de las pocas voces que se atreven a disentir públicamente de Washington, cuando considera que Washington se equivoca. No desde el antiamericanismo, España es miembro pleno de la OTAN y aliado de Estados Unidos, sino desde la convicción de que una alianza no es una relación de subordinación.
Liderar no es obedecer. Liderar es sostener principios incluso cuando resulta incómodo, y eso es lo que viene haciendo España desde el primer momento en todos los conflictos que nos acechan en estos tiempos.
Conviene recordar que España ya ha estado en esta encrucijada a la que me refería al principio. En 2003, el llamado trío de las Azores —José María Aznar, George W. Bush y Tony Blair— impulsó la invasión de Irak bajo el pretexto de unas armas de destrucción masiva que nunca existieron. Aquella guerra ilegal se auspició bajo la promesa de más seguridad y más democracia. Pero produjo exactamente lo contrario: desestabilización regional, auge del terrorismo yihadista, crisis energética y una factura de inseguridad que España pagó también en primera persona. El seguidismo de Aznar entonces no nos hizo más fuertes. Nos hizo más vulnerables.
Por eso, resulta realmente preocupante el alineamiento automático con Estados Unidos que, con independencia de lo que haga, defienden el Partido Popular y Vox. Su crítica no plantea si la guerra puede ser ilegal, desestabilizadora o económicamente devastadora. Su crítica es que España no se pliegue sin matices. Que no rinda vasallaje y que no ceda bases. Que no se sitúe, de manera acrítica, detrás de cualquier decisión adoptada en la Casa Blanca.
Ser aliado no es ser satélite. Y una democracia madura no renuncia a su voz por miedo. ¿Quiere Feijóo para España el mismo papel que el que Aznar nos impuso en las Azores? Que lo diga sin complejos.
El debate de fondo no es si estamos a favor o en contra del régimen iraní. Nadie en España defiende la represión de los ayatolás, y mucho menos este Gobierno. La cuestión es si creemos que la espiral de escalada militar es el camino para construir un orden internacional más justo y seguro. La experiencia demuestra que no.
España tiene hoy una economía más sólida que en crisis anteriores, mayor peso en la Unión Europea y capacidad para contribuir a la diplomacia y a la desescalada. Esa fortaleza permite decir algo que en otros momentos parecía imposible: no.
No a la guerra preventiva. No a la ruptura del derecho internacional. No a que se utilice el miedo como herramienta política.
España no está sola cuando defiende la paz. Está con los principios fundacionales de la Unión Europea, con la Carta de Naciones Unidas y con millones de ciudadanos que no quieren más humo de guerra, sino más prosperidad y seguridad reales.
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