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Opinión | Consumo
Jordi Puntí

Jordi Puntí

Escritor. Autor de 'Confeti' y 'Todo Messi. Ejercicios de estilo'.

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La ciudad más azucarada

Podríamos discutir si Barcelona tiene una tradición de ciudad dulce o más bien salada, pero en el ramo del azúcar la transformación es paradójica

Churrería Laietana.

Churrería Laietana. / Marc Piquer

Cuando salen de su casa, los vecinos de la calle Sant Pere més Baix, en Barcelona, viven entre dos largas colas de gente: la de una churrería de toda la vida, en la Via Laietana, y la de una tienda de 'cheesecakes' de origen vasco. Muchos de los clientes son a menudo turistas asiáticos, que, fascinados por alguna recomendación en Instagram o Tik Tok, ahora quieren completar la santísima trinidad de una visita a Barcelona: Gaudí, Barça y churros. O la tarta de queso idiazábal. Pero no son solo los turistas: también los barceloneses se han acostumbrado a hacer cola para comer, y los fines de semana la escena se reproduce en muchos puntos de la ciudad: aglomeraciones para conseguir una 'cookie', un 'muffin' o un 'roll' —en inglés es más rico— o la última novedad en la pastelería más moderna. Un ejemplo de este refinamiento: hoy conseguir un 'croissant' de manteca es una odisea y el de mantequilla arrasa. Y si es relleno de pistacho, nata o praliné, mejor aún.

Podríamos discutir si Barcelona tiene una tradición de ciudad dulce o más bien salada, pero en el ramo del azúcar la transformación es paradójica. Hace décadas que vemos cómo la mayoría de pastelerías tradicionales de barrio, de 'tortell' el domingo, brazo de gitano y repostería selecta, han tenido que reciclarse en cafeterías o no han sobrevivido. Con las churrerías pasaba igual, pero ahora quizá florezcan de nuevo gracias al turismo de red social. Paralelamente, hemos visto cómo crecían las franquicias en cada esquina, con una exhibición grosera de bocadillos, pastas y dulces de fabricación industrial.

Más allá del placer inmediato de un buen mordisco dulce, una explicación superficial para estas tendencias es el hedonismo exprés, la infantilización del ocio. Más por debajo, el consumo compulsivo obedece también a la necesidad de una recompensa rápida, casi una medicina —un placebo— que calme la ansiedad, la angustia del presente. Mientras, en la Barcelona más azucarada, los clientes que hacen cola para el 'cheesecake' se lo comen en plena calle, de pie, junto a la papelera donde tirarán el envoltorio, como si fuera más satisfactorio el acto de comprarlo y hacerse la foto que degustarlo.

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