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Opinión | Bloglobal

Albert Garrido

Albert Garrido

Periodista

Irán, una guerra de consecuencias impredecibles

1.Vuelve a estar el mundo en guerra aunque las operaciones en curso se circunscriban a Oriente Próximo, una región y área de influencia de límites con frecuencia imprecisos. El ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán tiene y tendrá repercusión a escala mundial, someterá a una prueba de estrés los parámetros esenciales de la economía global y marca un nuevo hito en las guerras de elección -que lo es- a pesar de que el presidente Donald Trump se haya prodigado en subrayar la existencia de amenazas inminentes para Estados Unidos, de la forma confusa con la que habitualmente se expresa y sin entrar en detalles. Ha pretendido así acallar las voces que lo acusan de saltarse todas las reglas -ni legitimación en el Consejo de Seguridad de la ONU ni autorización del Congreso- y de sembrar la discordia en las cada día menos prietas filas de MAGA, el movimiento que colonizó al Partido Republicano y le dio la presidencia.

Explica el quincenal The New Republic, una respetada publicación de centroizquierda, que el colapso de MAGA a raíz del ataque a Irán “no ha hecho más que empezar”, sacudidas las bases por un sentimiento de decepción muy extendido, visto que aquello que Trump prometió en campaña -centrarse en el país y renunciar a aventuras exteriores- ha caído en el olvido. Las manifestaciones insólitamente rotundas contra la guerra de Irán de Tucker Carlson y Steve Bannon, referencias de la extrema derecha populista, son del todo ilustrativa de ese clima divisivo. Mientras, la encuesta difundida el lunes por Ipsos recoge que solo uno de cada cuatro estadounidenses apoya la guerra y los índices de aceptación del presiente descienden sin pausa a ocho meses de las elecciones de mitad de mandato.

Explica en The New York Times el analista David E. Sanger, que ha seguido las andanzas de cinco presidentes, que Trump se guía por sus propios instintos. Las decisiones las toma a toda prisa, con abundancia de “contradicciones e inconsistencias”. Y acto seguido, Sanger lamenta: “Pero sin un proceso riguroso, hay poca preparación para lo que pueda salir mal”. De hecho, el Consejo de Seguridad Nacional, tan nutrido de analistas desde los días de Richard Nixon y Jimmy Carter hasta la presidencia de Barack Obama, ha quedado reducido a la mínima expresión, más ocupado en ejecutar las decisiones de Trump, fruto de su intuición, que en generar opciones. Todo en medio de una profusión de mensajes contradictorios, sin que haya habido forma de aclarar si la orden de ataque obedeció a un presentimiento del presidente -“Estábamos negociando con estos lunáticos, y yo creía que iban a atacar primero”- o si, por el contrario, la seguridad de que Israel iba dar el primer paso precipitó la decisión de la Casa Blanca (versión inicial dada por Marco Rubio, secretario de Estado).

Cabe decir, pues, que se trata de una guerra de elección, de una operación preventiva en mitad de una negociación con un régimen despreciable, el de los ayatolás, cuyo derrocamiento forma parte del programa trumpista unos días y no forma parte de él otros. Quizá la experiencia acumulada en Afganistán e Irak en orden a construir regímenes nuevos, consistentes, duraderos y eficaces haya llevado a Trump a desistir de provocar un cambio de régimen en la república islámica, pero las constantes inconcreciones no permiten llegar a una conclusión verosímil, sino que contribuyen a alimentar la confusión mientras las respuesta de los clérigos a los bombardeos daña a sus vecinos, alcanza ocasionalmente alguna de las bases de Estados Unidos en la región, dispara los precios de la energía y siembra la incertidumbre por doquier. Un cúmulo de consecuencias inmediatas que hace impredecibles las que deparará el futuro. Lo único seguro es que no mueve a Washington ninguna inquietud relacionada con la recuperación por los iraníes de la libertad y los derechos humanos, reprimidos por los ayatolás con igual o mayor saña que la exhibida por el sah depuesto en 1979.

2.Crece así la sensación cada vez más fundamentada de que Donald Trump es el presidente más peligroso de la historia de Estados Unidos en sus 250 años de existencia. Carece de la dosis mínima necesaria de prudencia y desconoce la mesura a la hora de enfrentar la realidad. Es, sin duda, alguien astuto que conoce las herramientas esenciales para arrastrar a una parte de la opinión pública, pero ha roto con todas las convenciones conocidas en las relaciones entre estados y en la cooperación con los aliados. Es un intento vano bregar por la restitución del orden conocido, y la guerra de Irán remacha los últimos clavos en el ataúd de las certidumbres heredadas por la comunidad internacional. Crece en el orbe liberal estadounidense la convicción de que se adentra la Unión en un escenario con rasgos totalitarios, sectarios y patriarcales, cerrado al reconocimiento de la diversidad social, el pluralismo cultural y el espíritu crítico, encaminado a neutralizar la disidencia así en el entramado informativo en todas sus formas como en la calle; están justificados los temores acerca de la conversión de las redes sociales -al menos la mayoría de ellas- en herramientas de propaganda política encubierta y tóxica, gestionadas por los tecnoligarcas que tienen en Trump a su más decidido valedor.

3.“Para la mayoría de los países, reaccionar ante un EEUU impredecible, poco fiable y peligroso se ha convertido en una tarea geopolítica urgente. Algunos fracasarán; en el caso de Europa es posible que sea demasiado tarde para adaptarse. Otros tendrán éxito; China ya ocupa una posición más fuerte y se conforma con dejar que su principal rival cave su propia tumba para ganar después por incomparecencia”, escribió hace unas semanas en El País Ian Bremmer, fundador del Eurasia Group. Urge que el PP se ponga al día en lecturas esclarecedoras y autores acreditados para que su reacción a raíz de los argumentos esgrimidos por el Gobierno contra la guerra no chirríe de forma ostentosa y escasamente coherente con el tantas veces invocado sentido de Estado. Es poco menos que inquietante que el presidente de Francia, la presidenta de la Comisión Europea y el presidente del Consejo Europeo, entre otros, se apresuren a dar su apoyo a Pedro Sánchez después de la última bravuconada de Trump, y que el principal partido de la oposición asome ansioso para mostrar su disposición servil a someterse a las imposiciones y amenazas del presidente de Estados Unidos. Mencionó Susan Sarandon en la gala de los Goya la “lucidez moral”: sería tranquilizador que permeara la política en todas direcciones para ahorrarnos reacciones destempladas, tan fuera de lugar.