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Opinión | Tres 'marsellesas'
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Terrible y minimalista

Los asistentes, parece que improvisadamente, cantan 'La Marsellesa' 'a cappella', de forma casi triste, amarga, sin instrumentos que la dulcifiquen, de manera sincopada, sin florituras, sin dirección, pero con disciplina métrica, con conciencia de la noche oscura y de los instantes dramáticos que vivimos

Macron anuncia que Francia aumentará su arsenal nuclear y amenaza con usarlo para "proteger sus intereses"

Macron parla davant un submarí nuclear, ahir a Crozon.  | YOAN VALAT / EFE

Macron parla davant un submarí nuclear, ahir a Crozon. | YOAN VALAT / EFE

Debe haber pocos himnos nacionales que admitan tantas variaciones y tantos arreglos como La Marsellesa. Sí, también el himno estadounidense y, por supuesto, el conocido como himno de Mameli, El Canto de los Italianos, que siempre funcionan, aunque los oigamos demasiado distorsionados o demasiado militares. Pero La Marsellesa es la reina de esta competición, por las connotaciones históricas y porque, más allá de la estricta oficialidad, representa en todas partes, aún ahora, ese grito de revuelta que se inmortalizó en Casablanca cuando Rick, el propietario del bar, dejó que se cantara entre la efervescencia bélica nazi. Con un amigo, todavía recordamos con emoción la mañana que la entonamos en la Plaça del Vi de Girona, en presencia del presidente de la República.

En los últimos días he oído tres marsellesas distintas. La primera, con ese ímpetu tan dominante en los acontecimientos deportivos, cantada (es un decir) por los integrantes de la selección. En este caso, de rugby, en el Torneo de las Seis Naciones, en el estadio Pierre Mauroy de Villeneuve-d'Ascq. Había música, claro, y unos cantantes, pero a las cámaras les gusta enfocar a los deportistas, con sonido ambiente, es decir, mientras desafinan a placer, con la mano sobre el corazón, por supuesto. A diferencia del equipo de fútbol, los Bleus de rugby se saben la letra, pero la destrozan, eso también.

La otra marsellesa fue la del arreglo del compositor y director Thomas Roussel para la ceremonia de clausura de los Juegos de Invierno, con motivo del traspaso de la bandera olímpica a la sede de 2030, en los Alpes franceses. Pretenciosa y engolada, ampulosa y excesiva, con la mezzosoprano Marine Chagnon ataviada con un abrigo como de Reina de las Nieves, y con un exceso de solemnidad que se convirtió, al final, en una orquestación que se parecía a la grandilocuente banda sonora de una película de acción.

Y la última. Este lunes, después de que Emmanuel Macron pronunciara el discurso donde anunció el incremento de la disuasión nuclear francesa ("robusta y eficaz") y la voluntad de ser el eje sobre el que debe pivotar la respuesta europea en un "momento de incertidumbres y rupturas, lleno de riesgos y amenazas". El escenario, colosal, justamente porque no había decorado de cartón piedra, sino el agujero inquietante donde reposa Le Téméraire, uno de los submarinos de la base de Îlle Longue, la "catedral de nuestra soberanía". Macron solo, en el entarimado blanco, impoluto, en un discurso donde se jacta de la potencia sin medida del arsenal nuclear y de la certeza de que lo utilizará si es necesario. Y entonces, La Marsellesa. Los asistentes, todos, parece que improvisadamente, la cantan a cappella, de forma casi triste, amarga, sin instrumentos que la dulcifiquen, de manera sincopada, sin florituras, sin dirección, pero con disciplina métrica, con conciencia de la noche oscura y de los instantes dramáticos que vivimos. Escúchenla. Impone y da pavor. De todas las emociones y inquietudes de unos días decisivos, me quedo con esta escena terrible y minimalista.

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