Opinión | El trasluz

Escritor.
Terminaciones nerviosas

Terminaciones nerviosas. / ShutterStock
Estaba dándole vueltas a una frase que no terminaba de funcionar cuando un ruido mínimo se coló en mi pensamiento: el chasquido seco de la cucharilla de café contra el plato. No era fuerte, ni molesto. Simplemente estaba ahí. Y por un instante, el pensamiento se detuvo. La plenitud del choque entre el metal y la cerámica lo llenó todo. Luego, el café descendió por el centro de mi cuerpo con una lentitud precisa, reconocible. Algo tibio avanzando. El estómago emitió una señal de gratitud. Todo funcionaba. No bien, no mal. Funcionaba. Enseguida, me di cuenta también de que estaba respirando. El aire entraba sin entusiasmo, salía sin despedirse. Ningún mensaje escondido. Ninguna revelación. Solo el mecanismo intacto. Intenté pensar algo a la altura del momento, pero no fui capaz. Las palabras parecían un poco torpes, como si no estuvieran hechas para ese tipo de sucesos mínimos, aunque asombrosos. La vida, entendí, no necesitaba ser nombrada para seguir ocurriendo. Más aún: se volvía opaca en cuanto intentaba describirla.
Moví la mano. La sentí como una prolongación fiable de mi cuerpo. Tenía la temperatura exacta, ni agradable ni incómoda. Quizá una leve tensión en los dedos, producto de una molestia antigua que, sin doler, había dejado una huella. El cuerpo no celebraba nada, no se quejaba. Se limitaba a estar disponible para mí. Si alguien me hubiera preguntado qué me ocurría, no habría sabido qué responder. Nada, habría dicho. Y habría sido cierto. Pero en ese nada había una densidad extraña, una insistencia. A las dos horas de estos sucesos nimios, me puse el termómetro y tenía unas décimas. Tres décimas. Pocas, pero las suficientes como para percibir la dulce existencia de las articulaciones. Existían los codos y las rodillas y los hombros y el cuello. Daba gusto notar que estaban ahí. Al desabrocharme la camisa noté el tacto de los botones y la eficacia de la yema de los dedos, de sus terminaciones nerviosas.
Acababa de leer un libro de “experiencias cercanas a la muerte” y me pregunté si lo mío había sido una experiencia cercana a la vida. Quizá sí.
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