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La onda expansiva del ataque a Irán

Segundo día de bombardeos de Estados Unidos e Israel sobre Teherán

Segundo día de bombardeos de Estados Unidos e Israel sobre Teherán / Agencias

Desde que en 2006 las Naciones Unidas impusieron sanciones a Irán, una vez quedó confirmado que tras largos años de trabajos encubiertos había empezado a disponer de uranio enriquecido, las medidas de contención por parte de la comunidad internacional se habían mantenido autolimitadas. También después de cada oleada represiva en la que el régimen de los ayatolás demostraba su naturaleza despiadada. El riesgo de desencadenar un contagio regional de alcance imprevisible y que acabara teniendo un impacto global hizo que el cerco al programa nuclear iraní se mantuviera circunscrito a las presiones diplomáticas y económicas, la vía promovida por la Unión Europa, o a las operaciones militares quirúrgicas impulsadas y/o ejecutadas por Israel, con réplicas iraníes también limitadas en su alcance y duración. Tampoco las acciones contra cada uno de los tentáculos de Irán en la región, desde Líbano hasta el Yemen, habían desatado los infiernos prometidos por la retórica de los ayatolás. Pero tras la ofensiva desencadenada este fin de semana por las fuerzas armadas de EEUU y las israelíes, los presagios sobre cuáles podían ser las consecuencias de la guerra abierta que hasta ahora se había evitado se han cumplido parcialmente. El teatro de operaciones se extiende desde Chipre y el Líbano al estrecho de Ormuz, las bolsas zozobran y el precio del petróleo y el gas empieza su escalada. Y no se puede olvidar que los países ahora amenazados por las represalias iraníes, como Arabia Saudí, los Emiratos Árabes, Kuwait, Catar y Omán, son actores importantes en los mercados financieros internacionales.

El mundo llevaba dos décadas intentando evitar el contagio regional que supondría una intervención abierta

La bravata de Donald Trump, anunciando que "la gran ola" está aún por venir, el hecho de que no descarte una intervención terrestre y la extrema incertidumbre sobre si el régimen saldrá fortalecido internamente, será capaz de extremar aún la espiral represiva o entrará en un proceso imprevisible de descomposición obligan a ser prudentes. Una cosa es desmantelar el poderío militar de Irán y otra cosa desencadenar, y aún menos pilotar, una implosión en Teherán que desencadene un proceso de cambio de un régimen con bases mucho más sólidas que las del madurismo venezolano.

El conflicto es regional, y empieza a tener la repercusión mundial que se temía. Y quién sabe si la que Donald Trump buscaba, con el gran pulso geoestratégico con China, y no la estabilidad de la región, y aún menos la libertad de los iraníes, como objetivo real. Es asimismo inevitable que la guerra tenga repercusión en la Unión Europea, en su vínculo con Estados Unidos y en su cohesión interna. El Gobierno español puede racionalmente estar en el lado correcto al alegar que se puede condenar el régimen sanguinario de Irán y al mismo tiempo considerar que una intervención militar como la iniciada no solo vulnera la legalidad internacional sino que puede ser contraproducente. Pero desmarcarse de la iniciativa colaborativa expresada por Francia, Alemania y el Reino Unido vetando el uso de las bases en suelo español lo sitúa en una posición más que incómoda, sin que se pueda esperar esta vez una postura cohesionada de la UE en la que encuadrarse.