
Directora adjunta de EL PERIÓDICO DE CATALUNYA
Barcelona necesita su Museo Thyssen

La baronesa Carmen Thyssen / ALBERTO PAREDES-EUROPA PRESS
Barcelona es tierra de mecenas, por mucho que reconocer el papel de los empresarios en la construcción cultural incomode a muchos. Lo ha sido siempre, desde los tiempos en que Eusebi Güell, Josep Batlló o Pere Milà daban forma a la ciudad de Antoni Gaudí. También ahora, cuando Carmen Thyssen proyecta un museo con su apellido en el antiguo cine Comedia.
La iniciativa nace con polémica, como sucede casi siempre en Barcelona ante cualquier proyecto urbano singular. A los Comuns, sospechosos habituales en este tipo de debates, se suman vecinos, arquitectos y otras plataformas que recelan del peso del capital privado en la definición de un espacio histórico, especialmente por la participación del fondo de inversión Stoneweg.
El debate es legítimo, porque no hay que idealizar cualquier proyecto cultural solo por llamarse museo. Además, cabe exigir transparencia y garantías a los promotores -que ya se han mostrado abiertos a introducir cambios- y a la administración. Pero conviene situar el debate en su contexto. El apellido Thyssen forma parte de la historia museística española. Que Barcelona sume un centro vinculado a esa marca, dirigido por un gestor catalán, refuerza su posición como ciudad de arte, más allá del circuito modernista y de los otros iconos consolidados. Anclar el legado de la baronesa a capital catalana supone, además, arraigo y vocación de permanencia.
Así lo entienden otras urbes europeas, que aprecian el mecenazgo, lo regulan, lo fiscalizan y lo incorporan a un proyecto colectivo. París convive con la Fundación Louis Vuitton; Milán con la Fundación Prada y Bilbao, con el Museo Guggenheim, entre otros. Todas estas ciudades atraen exposiciones que difícilmente llegarían sin una estructura sólida detrás, algo que la propia baronesa nos explicó este jueves.
¿Acaso preferimos que una de las esquinas más cotizadas del paseo de Gràcia la ocupe una franquicia cualquiera, como apuntaba Albert Sáez en su newsletter? Podemos seguir desconfiando por sistema o decidir competir de la mano de los mecenas para atraer arte de primer nivel y reforzar nuestra singularidad. Lo contrario es resignarnos a que Barcelona se convierta en una ciudad cada vez más intercambiable.
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