Opinión | Editorial

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20 años de MWC, del móvil al mundo físico

Preparativos del MWC, este sábado 28 de febrero en la Fira de Gran Via. / Toni Albir / EFE
Barcelona y el Mobile World Congress cumplen veinte años de una alianza que ha acompañado la gran revolución digital. Cuando el congreso aterrizó en la ciudad en 2006, el mundo aún vivía sin ‘smartphones’ ni inteligencia artificial generativa. Hoy, el MWC es el escaparate global donde la IA salta de la nube al mundo físico, donde los robots cuidan enfermos, ensamblan coches o llevan maletas, y donde Europa debate su soberanía tecnológica en un escenario geopolítico especialmente convulso.
El impacto inmediato del congreso es indiscutible. Más de 100.000 visitantes, miles de expositores y centenares de delegaciones institucionales convierten durante unos días a Barcelona en capital mundial de la tecnología. Hoteles llenos, restauración en ebullición y una proyección internacional que ninguna campaña publicitaria podría comprar. Pero reducir el Mobile a turismo de congresos sería quedarse en la superficie.
La verdadera huella del MWC es estructural. En estas dos décadas, Barcelona ha tejido un ecosistema digital que combina iniciativa local y atracción de inversión extranjera. Startups que nacieron al calor del 4YFN, el evento para emprendedores, hoy compiten en mercados globales. Fondos internacionales encuentran en la ciudad talento, infraestructuras y un entorno creativo que multiplica oportunidades. El Talent Arena refuerza ese círculo virtuoso conectando vocaciones tecnológicas con empresas que necesitan perfiles altamente cualificados. La simbiosis es evidente: el congreso alimenta el ecosistema y el ecosistema da sentido al congreso.
La edición de 2026 confirma esa madurez y apunta a un cambio de ciclo. Frente a móviles cada vez más plegables y redes más veloces, la robótica concentra toda la atención. Con el salto físico de la IA, lo virtual se hace tangible e irrumpe en hospitales, aeropuertos y fábricas. Una innovación que impacta directamente en la economía, el trabajo y las normas que organizan nuestra convivencia.
La pregunta ya no es qué puede hacer la tecnología, sino qué estamos dispuestos a permitirle hacer. ¿Dónde fijamos los límites? ¿Quién asume la responsabilidad cuando una decisión automatizada tiene efectos reales? Son interrogantes que se suman al debate sobre la autonomía digital europea. El MWC sitúa a Barcelona en el centro de una conversación estratégica sobre regulación, infraestructuras y capacidad industrial. La tecnología ya no se mide únicamente en pulgadas ni en velocidad, sino en productividad, responsabilidad y convivencia.
El Mobile no es ajeno a las tensiones globales, pero ha demostrado una notable resiliencia. Superó la pandemia, ha crecido en expositores y asistentes y ha ampliado su transversalidad hasta reunir a sectores que van de la salud a la movilidad, de las finanzas al espacio. Esa capacidad de adaptación explica por qué la marca MWC y el nombre de Barcelona resultan hoy indisociables.
En un contexto de incertidumbre internacional, Barcelona proyecta estabilidad, talento y ambición. El reto es transformar la visibilidad en palanca de cambio, creando oportunidades permanentes, consolidando empleo cualificado y garantizando que la innovación revierta en bienestar colectivo. Veinte años después, el balance es inequívocamente positivo. El Mobile no solo visita la ciudad, forma parte de su identidad contemporánea y de su apuesta por un futuro digital con raíces locales y vocación global.
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