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Madrid

Lo que Ucrania me enseñó

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Belgrado (Serbia), 24/02/2026.-Un hombre hace ondear una bandera ucraniana

Belgrado (Serbia), 24/02/2026.-Un hombre hace ondear una bandera ucraniana / ANDREJ CUKIC / EFE

Hay una frase en la que no dejo de pensar desde que me la dijo una diputada ucraniana del partido liberal durante una reunión en Kiev en febrero del año pasado. Yo le preguntaba si estaba dispuesta a aceptar que Ucrania entregara territorio a Rusia con tal de que se acabara el conflicto. Ella cambió ágilmente, con un par de frases el foco de la conversación de las cesiones territoriales a las garantías de seguridad: Mi marido está combatiendo en estos momentos en el frente, me dijo, y por supuesto que mi prioridad es que él vuelva. Pero tenemos un hijo de 13 años, y lo que no queremos por nada del mundo es que él tenga que luchar dentro de unos años la guerra que sus padres no supieron terminar para siempre, añadió.

Es por eso que tanto los ucranianos de a pie como el Gobierno de Volodímir Zelenski insisten constantemente en esas garantías de seguridad como condición sine quae non para hacer callar las armas. ¿Cómo pueden estar seguros de que Rusia no aprovechará un alto el fuego o un precario acuerdo de paz para reagruparse, fortalecerse y volver a atacar con más fiereza en unos años, y completar así su objetivo de dominar Ucrania por completo?

Los ucranianos no quieren tropezar por tercera vez sobre la misma piedra. Han sido engañados ya dos veces. La primera, cuando firmaron el Memorándum de Budapest el 5 de diciembre de 1994. En él, la Federación Rusa, Estados Unidos y Reino Unido daban garantías de soberanía a Ucrania a cambio de la renuncia a su arsenal nuclear. Sí, Moscú se comprometía a respetar la integridad del país. Dos décadas después, Putin robaría por la fuerza a Ucrania la península de Crimea y parte del Donbás. La segunda vez fue con los Protocolos de Minsk de 2014 y 2015, en los que se intentó poner fin a la guerra en el este de Ucrania: alto el fuego bilateral, retiro de armamento pesado de la línea de frente, intercambio de prisioneros, asistencia humanitaria e inicio de un diálogo político sobre el estatus de las regiones separatistas. No fueron respetados mientras estuvieron en vigor y Putin los violaría completamente al ordenar en 2022 la invasión a gran escala del país.

Ucrania es un país rebelde. La primera vez que lo visité, en 2004, la capital vivía la “revolución naranja”: tras unas elecciones fraudulentas, la población, especialmente en Kiev, respondió con manifestaciones masivas, huelgas y actos de desobediencia civil. Adoptaron el color naranja porque era el símbolo de la campaña del candidato pro-occidental, Víktor Yúshchenko. Las elecciones finalmente se repitieron, y Yúshchenko salió ganador y gobernó el país entre 2005 y 2010. Fue presuntamente envenenado por dioxina por Rusia, y su rostro se desfiguró de forma llamativa

Mis dos últimas estancias han sido ya durante la invasión a gran escala. Lo primero que uno aprende allí es a no decirles que la guerra empezó en 2022, porque ellos airados recuerdan que llevan luchando contra los rusos desde 2014. Y te llevan a ver uno de los muros en honor a los soldados caídos, donde hay centenares de fotos de jóvenes fallecidos en fechas que abarcan los últimos 12 años.

Lo segundo que aprendes en Ucrania es que la vida sigue, también en medio de un conflicto a gran escala. En Kiev, la capital, la situación es de aparente normalidad. Todo funciona: el metro, las universidades, las cafeterías, las salas de fiesta nocturnas (con la única salvedad de que, si te quedas pasada la medianoche, ya no puedes salir hasta la madrugada, por el toque de queda). La gente duerme poco y mal. Los más precavidos siguen bajando a los refugios cuando hay alertas antiaéreas. Despiertan a sus hijos, los visten y los llevan rápidamente al subsuelo; o les preparan una cama improvisada en el pasillo o en el baño, lejos de las ventanas. Es la regla de los dos muros de separación: la mejor forma de estar a salvo de los restos de metralla de explosiones de drones, aunque nada te salva de una muerte segura si lo que impacta es un misil.

Lo tercero y más doloroso que uno comprende en Ucrania es que todo el mundo conoce a alguien en las trincheras, y muchos a alguien cercano caído en combate. Recuerdo estar hablando distendidamente con una joven ucraniana tras una charla sobre la precaria situación energética del país. En medio de la conversación, ella me hizo saber que su hermano pequeño había muerto luchando contra los rusos. 

Los ucranianos tienen hambre de paz. En voz baja, asumen que los territorios ocupados por Rusia de Donetsk y Lugansk probablemente nunca volverán. Los que son refugiados de allí lo admiten con un dolor más profundo. Escuché el relato del adiós a tu ciudad de origen en boca de una periodista muy conocida en Ucrania, procedente de Lugansk, que se refugió en Kiev a los pocos meses de comenzar la invasión. Y la que, por cierto, tuvo que cambiar dos veces de vivienda en la capital porque en sendas ocasiones su apartamento quedó destrozado por los ataques aéreos rusos, tan mala es su suerte.

Los ucranianos han demostrado desde 2004 ser gente muy valiente. El primero de todos ellos, su presidente, Volodímir Zelenski, que pudo huir cuando se lo ofrecieron, pero decidió quedarse, y cambió así el rumbo de la historia. Eso también me lo enseñó Ucrania. 

@MarioSaavedra

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