Opinión | Marc@ Royo

Economista y publicista
No es un adiós. Es un hasta pronto
La buena publicidad no es la que grita más, sino la que explica mejor. No la que promete más, sino la que cumple. No la que vende humo, sino la que construye confianza

Logos de marcas tatuados en la espalda de un joven indio. / ACTIVOS
Hoy escribo este artículo sobre la actualidad en clave de marca desde un lugar especial. Porque es mi último artículo en EL PERIÓDICO, en Marc@ Royo.
Durante algo más de tres años, he compartido este rincón con vosotros. Y quizá por eso he sentido la necesidad de volver a colocar el balón en el centro del campo. De recentrarme. De recentrarnos. De recordar de qué hemos estado hablando cuando hemos hablado de publicidad.
Cuando pensamos en publicidad, a menudo nos viene a la cabeza un folleto en el buzón, una cuña en la radio o un anuncio en Instagram. Pero eso son solo las piezas visibles. El ruido. La superficie.
La publicidad es mucho más que eso. Es lo que conecta proyectos con personas. Lo que transforma una idea en una marca. El puente entre lo que alguien quiere ofrecer y lo que alguien necesita. En esencia, es una forma de relación.
Es el arte y la estrategia de explicar bien por qué una propuesta puede ser relevante para alguien. No va solo de llamar la atención ni de vender más, sino de ayudar a responder tres preguntas básicas: qué me ofreces, qué me aportas y por qué debería elegirte.
Cuando esas respuestas son claras, honestas y coherentes, la publicidad funciona. Cuando no lo son, se convierte en humo.
A lo largo de este tiempo, he intentado hablar de una publicidad que construye. Que entiende el momento vital, que escucha antes de hablar y que no promete lo que no puede cumplir. He insistido en poner en el centro el beneficio real para las personas.
Eso es valor. Lo demás es ruido.
También he observado cómo, en algunos sectores, esas líneas se difuminan peligrosamente. Especialmente en la alimentación, la salud mental y la política. Tres ámbitos que me apasionan, pero en los que a menudo es fácil cruzar líneas rojas.
He visto alimentos “que curan”, suplementos “milagrosos”, terapias psicológicas “revolucionarias”. Relatos simplificados sin base científica ni rigor. Propuestas que juegan con el miedo y la inseguridad, mientras los profesionales deben cumplir requisitos estrictos y códigos éticos rigurosos.
Aquí la diferencia es clara: responsabilidad u oportunismo.
En política, también he visto cómo la comunicación se convertía en propaganda, con mensajes pensados más para activar emociones que para aportar criterio. También aquí, no todo vale.
Son tres sectores fundamentales para nuestras vidas: lo que comemos, cómo nos sentimos y cómo convivimos. Y por eso necesitan una comunicación especialmente honesta y responsable.
Aquí es donde la mala praxis deja de ser comunicación y puede convertirse en manipulación.
Y hoy se suma un nuevo factor: la inteligencia artificial. Una herramienta potentísima, capaz de amplificar talento y oportunidades, pero también de generar contenidos vacíos o manipuladores. La IA no sustituye al criterio ni a la ética. Solo amplifica lo que hay detrás. Y, también aquí, no todo vale.
Durante estos años, he repetido que la publicidad no consiste solo en hacer anuncios, sino en construir marcas. Y que una marca es una promesa que solo se mantiene con coherencia.
En una época de discursos inflados y promesas exageradas, he apostado por explicar bien lo que hay, no maquillar lo que no funciona, no vender milagros y respetar la inteligencia del consumidor.
Porque hacer publicidad es tener poder. Poder de influencia, de relato y de prescripción. Y todo poder conlleva responsabilidad.
Quizá por eso, después de casi tres años escribiendo en El Periódico, he sentido la necesidad de volver a la esencia: recordar que la buena publicidad no es la que grita más, sino la que explica mejor. No la que promete más, sino la que cumple. No la que vende humo, sino la que construye confianza.
Antes de terminar, quiero dejar una reflexión abierta en forma de tres preguntas: ¿esto que explicamos es verdad? ¿Aporta valor real? ¿Respeta a quien lo recibe?
Si la respuesta es sí, vamos bien. Si no, quizá no estamos haciendo publicidad. Estamos haciendo otra cosa.
Y hoy cierro esta etapa con gratitud.
Gracias a EL PERIÓDICO por la confianza y por hacer posible este camino.
Y, sobre todo, gracias a los lectores, por leer, discrepar, compartir y pensar conmigo. Sin vosotros, ningún artículo tiene sentido.
Me marcho con la convicción intacta de que explicar bien las cosas, con rigor y respeto, siempre vale la pena. No es un adiós. Es un hasta hasta pronto. Gracias por estar ahí.
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