Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | La empatía humana

Agnès Marquès

Agnès Marquès

Periodista

El mono Punch y nosotros

Con Punch, podemos sentirnos buenos. Ante un niño bajo las bombas, quizá nos sentimos impotentes, e incluso dolorosamente parte del mundo que lo permite.

El mono Punch con su peluche

El mono Punch con su peluche / ZOO DE ICHIKAWA / EUROPA PRESS

Observamos a una pobre criatura desamparada, sola, intentando pertenecer al grupo. Se mueve por el espacio acercándose a otros que la ignoran, cuando no la apartan con un manotazo. Se acurruca a un peluche como si fuera un salvavidas. Podría ser el patio de una escuela. Podría ser un niño en medio de un campo de refugiados, solo y aferrado a un peluche descolorido, mientras a su alrededor todos se mueven deprisa de un lado a otro sin reparar en él. Pero no es ningún niño. Es Punch. El mono rechazado por su madre y acurrucado a un peluche que ha conmovido a medio mundo. Se aferra a él en un abrazo desesperado, de sustitución. El vídeo se ha compartido millones de veces en una corriente de empatía que ya quisieran muchos.

Pero me he prometido a mí misma no caer en la demagogia, así que intento pensar por qué nos conmueve tanto Punch. Cuando nació mi hija y expresaba el miedo que sentía entonces sobre si sabría cuidarla, me hablaron del llamado “efecto bebé”, ese mecanismo que activa de inmediato el instinto de crianza y la ternura. La fragilidad y los movimientos torpes de los recién nacidos despiertan algo primario en nosotros. Un mono pequeño, solo y con un juguete como refugio cumple todos los requisitos. Es vulnerable y su dolor es comprensible en una escena breve. El cerebro procesa mejor una imagen que un sistema. No hace falta entender nada más. Su historia no está incrustada en estructuras enormes de intereses geopolíticos, ideología, historia y economía que desbordan nuestra capacidad emocional.

También podríamos pensar que esta ola de compasión por Punch se entiende porque su dolor no nos interpela como responsables. No es culpa nuestra. Podemos conmovernos sin sentirnos implicados. El dolor ajeno, cuando es humano, es también un espejo. Nos obliga a preguntarnos qué hacemos —o qué no hacemos— con nuestra propia especie. Con Punch, podemos sentirnos buenos. Ante un niño bajo las bombas, quizá nos sentimos impotentes, e incluso dolorosamente parte del mundo que lo permite.

También hay una dimensión de esperanza. Ante el mono, creemos que hay algo que hacer: rescatarlo, llevarlo a un centro, garantizarle cuidados. Es una historia con posible final reparador. En cambio, ante una guerra lejana, nuestra acción individual parece ínfima. Donar dinero, compartir un enlace, indignarnos… Tal vez nos aferramos al mono porque todavía creemos que podemos salvarlo. Mientras que en algún rincón erosionado de nuestra alma, quizá hemos dejado de creer que podemos salvarnos a nosotros mismos.

Suscríbete para seguir leyendo