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Opinión | Desperfectos
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El día después del 23F

A diferencia de lo que ocurrió en los episodios de la Segunda República, el sistema del 78 resistió a la intentona de golpe de Estado y el régimen de partidos operó según dijeron las urnas

Los diputados aplauden la aprobación de la Constitución en el Congreso el 31 de octubre de 1978. A la izquierda, en primer término, Leopoldo Calvo Sotelo; tras él, Felipe González.

Los diputados aplauden la aprobación de la Constitución en el Congreso el 31 de octubre de 1978. A la izquierda, en primer término, Leopoldo Calvo Sotelo; tras él, Felipe González.

El 23F fue y seguirá siendo, tanto si persiste en la memoria pública como si no, un día de humillación para toda la ciudadanía, una ofensa hasta la médula para una sociedad que, en plena crisis económica salvaje y con ETA matando a mansalva, había votado aquel Parlamento para que le representase soberanamente. La intentona de Tejero y Milans del Bosch tuvo desde el primer instante un tono cuartelero y de cantina de tropa, con conspiraciones previas de toda naturaleza.

Fueron las horas más largas desde que el tren de la Transición democrática arrancó con el sabio combustible de ir de la ley a la ley y con el empuje popular del referéndum sobre la Ley para la Reforma Política –94,17 por ciento a favor, votando el 77 por ciento del censo–. Eso fue un día de diciembre de 1976, después de que las Cortes del franquismo aprobasen el proyecto de ley un mes antes, haciéndose –como se dijo entonces– el harakiri, otro elemento sustraído a la memoria. De eso también hará pronto cincuenta años. No es una impertinencia preguntarse si así se explica en los manuales escolares.

En los meses previos al 23F fue larvando una crisis política. Activada –según parece– por la falta de confianza del rey, la dimisión de Adolfo Suárez agudizó la lucha interna en UCD. El sucesor consensuado fue Leopoldo Calvo-Sotelo, hoy también olvidado y pieza clave en la reconducción de la crisis. Las disensiones internas atenazaban al partido en el Gobierno. En febrero de 1981, eso fue patente en cada sesión del segundo congreso de la UCE, en Palma de Mallorca. En largas sobremesas de madrugada, los democristianos y en general, los críticos con Suárez, tramaron en vano el control del Congreso. Nadie iba a quedar contento.

Sería en la votación de investidura de Calvo-Sotelo cuando Tejero irrumpió en la Carrera de San Jerónimo. Su siniestra chapuza, con Armada en otro camerino, emuló episodios del siglo XIX que derrumbaron gobiernos, monarquías y alimentaron el cáncer del exilio. Pero nada de eso ocurrió el día después del 23F, atajado ya entrada la noche por la aparición del rey Juan Carlos en TVE.

Dos días después, Calvo-Sotelo fue investido por mayoría absoluta. Alberto Oliart sería su ministro de Defensa. El Gobierno recurrió al Tribunal Supremo por la sentencia del Consejo Supremo de Justicia Militar. Y el Supremo revisó la sentencia agravando las penas.

A diferencia de la revolución de Asturias y el golpe de Lluís Companys en 1936, zozobras de las que la Segunda República nunca se recuperó, el sistema del 78 resistió al 23F y el régimen de partidos operó según dijeron las urnas. Así llegó el PSOE al poder, en octubre de 1982. Hubo un futuro ‘after’ Tejero y así hasta hoy. El denostado 'régimen del 78' funciona contra todo antisistema. Eso consta incluso en los documentos desclasificados del 23F pero la costumbre de hablar por hablar está muy extendida.

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