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Opinión | GATO ADOPTIVO

Ferran Boiza

Ferran Boiza

Director adjunto de EL PERIÓDICO

El Barça no quiere ser como el Madrid

Bufandas del Barça al viento en el Camp Nou.

Bufandas del Barça al viento en el Camp Nou. / Jordi Cotrina

En pleno siglo XXI, cuando votar desde cualquier rincón del planeta es técnicamente posible y democráticamente exigible, el Barça sigue anclado en un modelo electoral que limita la participación de miles de socios al no habilitar el voto por correo en las elecciones a la presidencia. La consecuencia es que el 15 de marzo solo podrán votar quienes residen en Cataluña o puedan desplazarse hasta los puntos habilitados; el resto, aunque también sostiene al club con la misma cuota y la misma pasión, queda en la práctica excluido.

No se trata de un problema técnico. En 2021, en plena pandemia, el club implementó el voto por correo para sortear las restricciones de movilidad. Además, el voto telemático se ha utilizado en asambleas de compromisarios y en el referéndum del Espai Barça. Cuando ha existido voluntad, por tanto, han existido mecanismos.

Se calcula que alrededor de 15.000 socios de un censo de 114.000 residen fuera de Cataluña. Para muchos de ellos, votar implica asumir costes de todo tipo que, en la práctica, convierten el derecho en un privilegio, lo que reduce el cuerpo electoral real y la representatividad del ganador. El Barça se reivindica como una institución global que trasciende fronteras; por eso, es inexplicable que levante un muro logístico que penaliza a una parte de su masa social.

Los socios del Barça no quieren que su club se parezca al Real Madrid. Allí, los requisitos para presentar candidatura han convertido las elecciones en un trámite sin competencia real, perpetuando a Florentino Pérez como único aspirante durante años. Los culés rechazan ese modelo de democracia sin alternativa, pero tampoco quieren esta democracia menguada.

Sin voto por correo ni alternativa telemática, la participación se devalúa, se estrecha el debate y se erosiona la idea de un club propiedad de sus socios. Si el Barça no quiere ser una democracia de pacotilla, tiene que empezar por garantizar que todos sus socios puedan votar. La democracia se facilita, no se proclama.

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