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Opinión | 23F
Albert Soler

Albert Soler

Periodista

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Tejero y las visitadoras

El registro de visitas del teniente coronel en prisión podría revelar nombres de políticos y empresarios catalanes que le agasajaban con regalos, según fuentes cercanas al caso

El teniente coronel Antonio Tejero, en una imagen de archivo.

El teniente coronel Antonio Tejero, en una imagen de archivo. / Rodrigo Jimenez / EFE

Lo que sería divertido desclasificar es el registro de visitas del recién fallecido Tejero cuando estaba preso en el castillo de Figueras, prisión militar en aquel entonces. En algún sitio han de constar los ilustres visitantes, no sé si también los regalos con que era agasajado el guardia civil golpista, que no eran pocos, ni aquellos ni estos. Un amigo que cumplía ahí el servicio militar me contaba que la antigua fortaleza era una romería de empresarios y políticos, catalanes la mayoría, los cuales rara vez le visitaban con las manos vacías, sino con buenos caldos, buenos fiambres y demás regalos de todo tipo, supongo que relojes, joyas, ropa y perfumes, siempre que estos olieran a cuartel y no a jazmín. Más que purgar pena de prisión, Tejero había puesto despacho en un ala del castillo, para que le rindieran pleitesía todos los catalanes (y no solo) que le admiraban y deseaban su pronta liberación, que eran multitud. Poco han cambiado las cosas, igual hacen ahora cuando visitan al Vivales en Waterloo, algunos hasta deben de ser los mismos.

No es extraño. Si algo hay más catalán que el 'pa amb tomàquet' es el saber arrimarse al sol que más calienta, la política nunca nos ha importado y, si nos ha importado, ha sido siempre tirando a la derecha, a ver sino donde se recibieron con más fervor que en Catalunya a las tropas victoriosas en la Guerra Civil (y a ver dónde se cambiaron después la chaqueta con más rapidez convirtiéndose en nacionalistas, en eso también somos los mejores). Hay que ser previsores, nunca se sabe cómo va a terminar un golpe de Estado, los hay que se reactivan al cabo de los años y, llegado el caso, es bueno poder recordarle a Tejero que uno le obsequió con un jamón ibérico y una caja de vino, y que, ahora que está usted libre, pongo además a su disposición la torre de S’Agaró, la casa de la Cerdanya y hasta a mi señora si es de su agrado.

Al mismo amigo le mandaban bastantes fines de semana con un furgón militar a recoger señoritas en los clubes de carretera del Empordà -es comarca rica en puticlubs, donde son una antigua tradición, pregunten a Josep Pla- para solaz de los mandos militares que cumplían condena allí, si bien, de justicia es reconocerlo, no se encontraba Tejero entre los que se beneficiaban del castrense vis a vis. Ya se ve que las condiciones de los reclusos en la prisión militar nada tenían que ver con los de la Modelo, porque a los militares la testosterona se les supone, como el valor, y de alguna manera había que eliminarla, no iban a castrarlos como a los gatos. A mí, que llegué a cabo primero en la mili, me daban hasta ganas de delinquir, a ver si me encerraban ahí. Ignoro si eran putas patriotas que trabajaban por amor a la bandera, o se les pagaban los honorarios con una partida del presupuesto de Defensa, al fin y al cabo, más vale hacer el amor que la guerra, y hasta es más barato. Probablemente sufragaban el servicio los políticos y empresarios que ahí se dejaban ver, los cuales, según otra vieja tradición, serían viejos conocidos de las meretrices. Mientras, Tejero seguía a lo suyo, que era dar golpes, si bien con la raqueta y no de Estado, jugando al frontón con su hijo sacerdote cuando éste iba a verle. Es de desear que el capellán no coincidiera con las visitadoras de los compañeros de armas de su padre, o la posterior cola para confesarse sería tan larga como la de los políticos y empresarios que agasajaban al teniente coronel.

Ya que en ese ámbito nos movemos, quiero pensar que las visitas a Tejero se organizarían como se organizan las entradas en los puticlubs de categoría: por turnos y de manera que quien acaba de llegar no tropiece con el que ha finalizado la visita, menudo apuro coincidir con otro político convergente, con otro empresario catalanista o con tu propio suegro, da lo mismo si es en el castillo de Sant Ferran que en el club Baby Doll, esas situaciones embarazosas deben evitarse. Los militares son gente organizada, seguro que las peregrinaciones tejeriles se ordenaban siguiendo el conducto reglamentario, y que al final de cada jornada se levantaba un estadillo de los regalos acumulados, revisado por el cabo furriel.

Eso es lo que hay que desclasificar, y no unos documentos que son como el VAR en el fútbol: nos ponen ahí un monigote cualquiera y no tenemos más remedio que creer que eso es lo que sucedió, sea un fuera de juego, sea un golpe de Estado.