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Opinión | Congreso
Ernest Folch

Ernest Folch

Editor y periodista

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Junts, PP y Vox

Los posconvergentes ya suman una decena de votaciones con sus dos españolísimos aliados, en cuestiones tan importantes como la reforma laboral o la ley del alquiler temporal

Miriam Nogueras, de Junts, en el Congreso de los Diputados.

Miriam Nogueras, de Junts, en el Congreso de los Diputados. / José Luis Roca

En España, el fuego político cruzado genera a menudo monstruos indescifrables. Esta semana, un decreto vital para topar los precios de servicios esenciales en situaciones de emergencia fue tumbado con los votos de Junts, PP y Vox. El denominado escudo social, que buscaba frenar el lucro sin escrúpulos de multinacionales que suben precios impunemente durante catástrofes, para evitar el encarecimiento salvaje de precios tras incendios, terremotos o inundaciones, fue abortado por esta extraña alianza de las tres derechas. Lo llamativo no es que voten juntos una vez, sino que lo hagan sistemáticamente. Lo que empezó siendo una excepción táctica es hoy un sintagma político, cada vez más reconocible y que ya dista de ser una casualidad. Curiosamente, no pasa un solo día en el que no oigamos a Junts lamentarse de que todos los males son culpa de la pérfida España y, sin embargo, ya suma una decena de votaciones con sus dos españolísimos aliados, en votaciones tan importantes como la reforma laboral, la ley del alquiler temporal, la de instrucciones previas para cuidados al final de la vida o la reforma de la ley de extranjería. Todos asuntos sociales, todos asuntos sensibles, y todos, por cierto, asuntos de derechas. Esta semana, Junts ha salido en tromba a denunciar, con razón, la creciente marginalización de los autores catalanes en los planes educativos del País Valencià, pero quizás ha tenido un ataque de amnesia y ha olvidado que quien gobierna en Valencia es el PP con la ayuda de Vox. ¿En qué quedamos? ¿España es malvada o pactamos con ella? Sí, ya sabemos que detrás de esta estrambótica confluencia de derechas hay la competencia con Esquerra para ver qué independentismo se hace más el duro con el PSOE, y hay sobre todo la amenaza angustiante de los ultras de Aliança. Pero una cosa es cruzarse de casualidad en un chaflán con tu enemigo y otra muy diferente es cogerle de la mano de forma periódica, y además solo por temas sociales y en votaciones de marcado carácter ideológico. Una cosa es coincidir con la extrema derecha en una votación puntual e insignificante sobre los residuos plásticos, y otra muy diferente es solaparse de manera rutinaria en cuestiones tan sensibles como son la vivienda, la inmigración o los servicios públicos. Mucho cuidado, porque cuando uno habla como un pato, anda como un pato y vota como un pato, corre el riesgo de ser, efectivamente, un pato. Algo así empieza a percibir un electorado catalán cada vez más perplejo que ve cómo Nogueras es más virulenta con Sánchez que con Abascal, al mismo tiempo que sus discursos van acercándose peligrosamente a los de Vox y Aliança Catalana. Y si realmente es solo un efecto óptico, alguien debería empezar a pensar que una táctica repetida muchas veces corre el riesgo de terminar pareciendo una estrategia. No es la primera y probablemente no sea la última vez que aparezca el sintagma "Junts, PP y Vox" en todos los titulares, pero no hace falta ser un sociólogo electoral para adivinar el desgaste que puede terminar provocando una asociación tan diabólica como esta.

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