
Periodista y escritor
Cercas: aquella noche con Mario
La noche del 11 de septiembre de 2001 tuve la suerte de que un restaurante concreto se mantuviera abierto, en espera de que unos amigos, entre ellos el autor de 'Soldados de Salamina', íbamos a cenar con Vargas Llosa

El escritor Javier Cercas. / Europa Press
De pronto se rompió el cielo del mundo, empezando por Nueva York. Terroristas entrenados para hacer saltar las Torres Gemelas de la ciudad más transitada de la Tierra cumplieron su cometido ruin y miles de personas perdieron su vida como consecuencia de aquel grito sangriento del 11 de septiembre de 2001. Los medios de todo el mundo se hicieron eco en seguida de un hecho cuyas consecuencias forman parte del pavor que subsiste: jamás se ha olvidado aquel ruido mundial que destrozó la vida de tanta gente y que preparó al mundo para ser peor.
Viví ese momento que dura hasta hoy, y lo que durará, en un restaurante del centro de Madrid, sentado junto a Miguel Gil, compañero mío en el Grupo Prisa, y con el pintor Eduardo Arroyo. Este era un cosmopolita que amaba el boxeo y la literatura, y era generoso como pocos. Siempre que le pedías un dibujo con el que ilustrar libros o páginas del periódico, él se olvidaba de reclamarlos, así que las redacciones o las bibliotecas se llenaron de dibujos de Arroyo que él no reclamaba.
Cuando las radios y las televisiones se hicieron eco de aquel estampido mundial que nacía en Nueva York, todos nos pusimos a llamar a las redacciones o a las casas. Había que comprobar que ya todo el mundo estaba al tanto y, en el caso de los periodistas, cada uno tenía que hacer lo que pudiera. Hoy vivimos las consecuencias de aquella tragedia igual que se viven la incertidumbre y el miedo.
Fue un día que tuvo, naturalmente, su noche negra en todo el mundo. La noche que dura todavía. Los periódicos no pararon, los televisores se llenaron de estupor y de luto, y Madrid se fue apagando aquella noche como si el silencio fuera parte del estupor. Cerraron los bares y los restaurantes, se atenuó la vida en medio de una incertidumbre que no tenía apellidos. En mi caso, tuve la suerte de que un restaurante concreto, donde está ahora el muy popular Mercato Ballarò, se mantuviera abierto, en espera de que unos amigos, entre ellos Javier Cercas, íbamos a cenar con Mario Vargas Llosa. Yo mismo había hecho la reserva para que esa noche se juntaran allí esos dos personajes de la literatura, uno incipiente, el otro muy veterano.
Vargas Llosa vivía en Madrid, con su mujer, Patricia, y en esos días allí estaba también su hija Morgana. Poco tiempo antes el peruano que años más tarde recibiría el Premio Nobel de Literatura había explicado en su artículo habitual en ‘El País’ su admiración por un libro ahora ya inolvidable, ‘Soldados de Salamina’, escrito por Cercas e inspirado por la Guerra Civil y uno de sus protagonistas, Rafael Sánchez Mazas.
A Mario Vargas Llosa ese libro, editado por Beatriz de Maura en Tusquets, le había llegado a su retiro de verano en Salzburgo, y en seguida él se hizo eco con el entusiasmo con el que el maestro subrayaba el talento literario ajeno. A ese entusiasmo se juntó el interés por conocerse y aquel día, el 11S precisamente, cuando el mundo hizo paréntesis, quedaron en el restaurante en el que esa noche Cercas esperaba como un colegial para abrazar al maestro.
‘Anatomía de un instante’ se ha convertido en la esencia literaria del hecho más importante de estos tiempos, el recuerdo y el ruido del 23F.
Pero Mario Vargas Llosa no acudía a la cita. Su hija Morgana lo despertó de su pasión por la lectura que estaba cultivando en la Biblioteca Nacional, a unas cuadras de donde Cercas y algunos amigos esperaban para celebrar un libro que ya volaba en las alas del éxito que marcó aquella reseña que había escrito Vargas Llosa.
Testigos de aquel encuentro vivieron la alegría con la que los dos escritores, el veterano y el joven, sellaron allí el entusiasmo de la amistad. Para siempre. El libro se abrió paso en gran parte gracias a aquella reseña, y ahora lleva miles y miles de ejemplares vendidos en las más diversas de las lenguas y en la lengua en la que nació.
Ahora Cercas es un veterano que, como Vargas Llosa, ha llegado a la Academia de la Lengua, es autor de libros tan importantes, y leídos, como ‘Anatomía de un instante’ o el que dedicó al papa Francisco poco antes de que este llegara al otro mundo… Ahora ‘Anatomía de un instante’ se ha convertido en la esencia literaria del hecho más importante de estos tiempos, el recuerdo y el ruido del 23F. En medio de ese espacio que atrae otra vez a la actualidad un libro de Cercas, revive de nuevo aquel ‘Soldados de Salamina’ que lo fue haciendo el escritor que es. Estuve este miércoles en la presentación de la nueva edición de este libro inolvidable, editado por Random House. Estaba el autor con su editora, Pilar Reyes. Con el entusiasmo que ha marcado su vida, Cercas habló de la actualidad (este '23F'…) y de aquel libro. “La novela”, dice su autor, “no trata exactamente de la guerra, sino de cómo y por qué, muchas décadas después de concluida la guerra, esta sigue obrando sobre nosotros; es decir: trata de la pervivencia del pasado y del presente y de los muertos en los vivos”.
Es consecuencia, también, del entusiasmo y de la literatura que marcó aquella noche el 11S en que se encontraron Vargas Llosa y aquel joven escritor que entonces ya era Javier Cercas.
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