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Opinión | Tecnología
Miquel Barceló Roca

Miquel Barceló Roca

Doctor Ingeniero industrial y economista

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¿Centros de datos en Catalunya?

Quizás habría que revisar la consideración de estas instalaciones como proyectos estratégicos y de interés general, contrastando los datos que aportan

Interior de un centro de datos de Microsoft.

Interior de un centro de datos de Microsoft.

Últimamente, los centros de datos se presentan como sinónimo de modernidad, inversión y futuro. Se multiplican las noticias sobre nuevos proyectos vinculados a la inteligencia artificial (IA) y a grandes infraestructuras digitales. El mensaje es claro: quien atrae centros de datos gana la carrera del progreso. ¿Es esto cierto o estamos confundiendo volumen de inversión con desarrollo económico?

La IA avanza a una velocidad sin precedentes. En pocos años, sistemas capaces de generar texto, imágenes o código se han integrado en la vida cotidiana y en los procesos empresariales. La inversión mundial supera ya los 200.000 millones de dólares anuales y crece a ritmos cercanos al 30%. Nunca una tecnología había escalado tan rápido.

Para alimentar la IA hacen falta centros de datos cada vez más grandes. Instalaciones que concentran miles de servidores y consumen cantidades masivas de electricidad. Estados Unidos lidera esta carrera, mientras Europa intenta no quedarse atrás, pese a unos costes energéticos más elevados y a redes ya tensionadas.

Pero, ¿qué es realmente un centro de datos? Un centro de datos no es una fábrica avanzada ni un polo de innovación. Es un gran almacén de ordenadores que funcionan todos los días del año. Su actividad consiste en procesar y almacenar información.

Pero estos centros de datos plantean problemas importantes. El primero es el consumo energético y de agua, especialmente preocupante en territorios afectados periódicamente por sequías y emergencias climáticas. El segundo es el empleo. Los centros de datos, cuando entran en funcionamiento, apenas generan puestos de trabajo estables. El premio Nobel Daron Acemoglu lo resume así: “En la fábrica del futuro solo habrá un ingeniero y un perro; el ingeniero para alimentar al perro y el perro para que el ingeniero no toque nada”. Tras la construcción solo quedan unos pocos técnicos de mantenimiento y servicios.

Los centros de datos, cuando entran en funcionamiento, apenas generan puestos de trabajo estables.Tras la construcción solo quedan unos pocos técnicos de mantenimiento y servicios

El periodista Alec McGillis, en su obra 'Estados Unidos de Amazon: la historia del futuro que nos espera' (editorial Península, 2022) ha documentado cómo amplias zonas del país han sustituido industria productiva por almacenes logísticos y centros de datos. El resultado ha sido bajo empleo, escaso valor añadido y una fuerte dependencia de recursos energéticos. El territorio asume los costes, mientras los beneficios se concentran lejos.

No es casual en este sentido que países y ciudades europeas hayan impuesto moratorias y restricciones, frenando la instalación de nuevos centros de datos por su impacto en la generación y en la red eléctrica, el consumo de agua y el escaso valor que aportan.

En España, el Gobierno de Aragón ha presentado los centros de datos como una gran estrategia de desarrollo regional. Sin embargo, se estima que poner en marcha los centros anunciados significaría multiplicar por mas de cinco el consumo eléctrico actual de la región, sin una mejora significativa en la creación estable de puestos de trabajo. Aparte de las necesarias inversiones en el refuerzo de las saturadas redes de transporte y distribución.

Hablar de “inversión extranjera de carácter tecnológico” no significa nada, si no va acompañada de procesos endógenos de creación de valor, y la realidad es que las experiencias de otros países demuestran que estas inversiones pueden provocar procesos de desertización en los territorios que los acogen. Los beneficios son para los inversores y las empresas tecnológicas que promueven estos centros.

Catalunya no debería caer en el mismo error. Las cifras de empleo difundidas por el sector suelen inflar el impacto real, mezclando puestos temporales de construcción con empleo estable. Apostar por centros de datos no equivale a apostar por innovación, conocimiento o industria avanzada.

Recientemente, con ocasión de la visita del president Illa a un centro de datos que se instala en el AMB, se difundió una nota de prensa que decía textualmente: “El nuevo centro de datos (…) generará más de 2.200 puestos de trabajo y hasta 7.235 millones de euros de PIB local”. Algunos grupos de interés están actuando en la promoción de estos centros en Catalunya, pero quizás habría que revisar su consideración de proyectos estratégicos y de interés general, contrastando los datos que aportan.

La IA abre oportunidades enormes, pero obliga a decidir qué tipo de economía queremos. Catalunya y España deben aspirar a crear valor, empleo y capacidades propias, no a convertirse en simples plataformas de consumo energético. El debate no es si queremos IA, sino qué papel queremos jugar en ella.

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