
Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).
Ucrania, cuando cuatro años son muchos
La Unión Europea se enfrenta al desafío de mediar en el conflicto, pero la influencia de figuras como Trump complica su papel en la búsqueda de la paz

Merz, Starmer, Zelenski y Macron, en Londres. | TOBY MELVILLE / AP
A diferencia de lo que pregona el famoso tango, para Ucrania (sin olvidar que la guerra comenzó en 2014) cuatro años desde el inicio de la invasión rusa son muchos, quizás demasiados.
En ese tiempo Volodímir Zelenski y los suyos han dado una lección tanto en voluntad de resistencia ciudadana como de capacidad militar para resistir una embestida que, en principio, parecía imposible detener. También han demostrado una extraordinaria adaptabilidad a nuevos sistemas de armas y tácticas (con los drones como elemento más disruptivo en el campo de batalla), hasta el punto de que cabría concluir que hoy es el Ejército más operativo de Europa, capaz incluso de atacar en profundidad objetivos críticos de Rusia, pero sin fuerza suficiente para recuperar su integridad territorial.
El paso del tiempo ha ido dejando ver sin remedio sus limitaciones de partida -tanto en términos demográficos como industriales y económicos- y el coste inhumano que supone seguir oponiéndose al dictado de Moscú. En otras palabras, Ucrania no habría podido resistir del modo que lo está haciendo si no hubiera sido por el apoyo económico y militar prestado por el llamado grupo de Ramstein, con EEUU y los países europeos a la cabeza. Y eso hace que, mirando hacia adelante, sus opciones sean también limitadas. En solitario es impensable que pueda expulsar de su territorio a las tropas invasoras y, por tanto, su futuro depende de la voluntad de otros que pueden imponerle la aceptación de unas condiciones difícilmente digeribles. Otros que, como Donald Trump, dan muestras claras de estar más cerca de Moscú que de Kiev, o que, como los Veintisiete, son incapaces de sustituir a Washington a corto plazo, aunque tuvieran voluntad política para hacerlo (y Hungría ya se encarga de que no sea así).
Pero seguramente esos cuatro años son también mucho para Vladímir Putin y su camarilla, enfrentados a una situación muy distinta a la que tenían en mente cuando lanzaron una operación especial militar que en cuestión de días debería permitirles deponer a Zelenski y volver a situar a Ucrania en su órbita. Por el camino, Rusia ha dilapidado su imagen de superpotencia militar imparable y se ha empantanado en un escenario bélico que le supone un coste desorbitado. Y aunque es cierto que tiene un margen de maniobra mayor que su enemigo para prolongar el conflicto, tanto en términos demográficos como económicos e industriales, eso no le garantiza tampoco la consecución de sus objetivos; obligado, por tanto, a reducir sus expectativas aparentando que el control del Donbás es todo lo que buscaba.
Dado que no hay solución militar a la vista, parece imponerse la vía diplomática, sin que eso signifique que la paz justa y duradera esté a la vuelta de la esquina. Para Kiev es difícilmente digerible el reconocimiento de la pérdida definitiva de un 20% de su territorio. Pero Putin sabe que tiene a Trump de su lado y eso puede ser definitivo para obligar a Zelenski a claudicar. ¿Tiene la Unión Europea algo que decir?
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