
Escritor
Deberías escuchar a Mujeres: lo que cantan y lo que dicen
En plena tiranía del algoritmo y tontería del 'sold out', ellos son los trotamúsicos que se patean la Península para entrar en una pequeña tienda y tocar una hora para los fans

El trío Mujeres. / Freepik
Hay un grupo en Barcelona que está lanzando ideas muy locas y peligrosas: por ejemplo, que quien quiera escuchar su música, se vista, se lave la cara, baje a la tienda de discos de su barrio y la compre. Es decir, una banda que cree firmemente, en esta época de vida en el sofá y en la nube, cuando la música se consume solo con clics en el móvil dando casi todo el dinero a las tecnológicas, que hay que volver a los discos físicos (que se sienten y se tocan). Y que si queremos reforestar las ciudades, y que sus calles no acojan solo 'vivaris' y 'casas de las carcasas', debemos cuidar esos pequeños comercios, sean mercerías o vendan canciones.
Esta banda de mi ciudad cree que lo político está más en lo que se hace que en lo que se dice. Estamos hablando de un grupo que toca en grandes festivales, y que ha llenado varias veces el Razzmatazz (2.000 personas), pero que no tiene problema en ayudar a tiendas con recitales donde apenas entran unas decenas de almas. En la rampa de despegue del séptimo disco en sus 20 años de carrera, han sacado tres 'singles' de siete pulgadas. Y las canciones de la cara b solo las disfrutará quien haga todo lo que enuncia la primera frase de esta columna (es decir, no subirán esos temas a Spotify y demás plataformas). En plena tiranía del algoritmo y tontería del 'sold out' (la muy extendida práctica de decir que llenas una gran sala, aunque no lo hagas, para subir tu caché en los festivales), ellos son los trotamúsicos que se patean la Península para entrar en una pequeña tienda de Granada y tocar una hora para fans que han completado un cupón que atestigua que tienen esos tres 'singles'.
Estoy hablando de ese grupo como si: a) no fueran conocidos, y b) no fueran amigos míos. Pero el caso es que los Mujeres me invitaron la semana pasada a irme con ellos de gira para celebrar la salida de su disco: charla sobre la vida, sobre sus canciones y luego concierto. Yo siempre había querido marcarme una ruta así, ya que en las giras de presentación de mis novelas voy solo, con mi maleta cargada de calcetines rojos. Los Mujeres, por ejemplo, tienen algo llamado 'El juego del menú', mientras que el mío consiste en un monólogo para decidir si prefiero postre o café. Si estoy triste o cansado en una estación de Fráncfort, Lisboa o Cuenca como mucho puedo contárselo al revisor, mientras que ellos se animan como quien vela una hoguera.
Lo sabía y lo he podido comprobar: los Mujeres son amigos de verdad, casi hermanos. Pueden prepararse unos bocadillos de sardina sobre el capó de la furgo en una gasolinera de Bujaraloz (como no hay cubiertos, usando la tarjeta de La Caixa para untar la mantequilla) y que sea un gran festín. Son un grupo que justo antes de una gira europea pasó a despedir al padre de uno de ellos: el rock and roll es también el abrazo a las puertas de un tanatorio. Hay una anécdota muy definitoria, cuando, en sus inicios, emprendieron una gira por Estados Unidos. Casi perdieron el vuelo, se subieron en un taxi neoyorquino y pararon a comerse una pizza Margarita solo para ver que un camión reventaba la puerta abierta de ese coche. Luego subieron a Vancouver en furgo y pincharon rueda en pleno diluvio. Cuando tenían que empezar la gira en suelo estadounidense, los pararon en la frontera (llevaban visado de turista) y la policía los mandó a casa. Aquí la clave: los sometieron durante horas a un interrogatorio cruzado y las tres versiones coincidieron. Eso es un grupo.
Estos días con ellos han sido fantásticos. Gran abundancia de abrazos después de las canciones, de kebabs después de los conciertos, de charlas kilométricas. Y de clásicos de este país como cuando entramos en un restaurante a echarnos al coleto un cocido madrileño y el camarero exclamó: “Hostia, ya llegan los Beatles”.
Todo esto para presentar un disco de cohetes garajeros, de lirismo y melodías y distorsión, titulado 'Es un dolor inexplicable'. Y para decir que hay gente que, por suerte, se empeña en demostrar que las cosas no son como son. Que el mundo no está ya montado. Que podemos, en parte, hacerlo nosotros. Y que la pasión no se negocia. Lo definen ellos en uno de sus 'hits', coreado en las tres tiendas de discos la semana pasada: un sentimiento importante.
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