
Escritor
El golpe y el jefe (de Estado)
No estaría mal que, 45 años después, alguien nos informara que algún secreto suficientemente grande se esconde tras las verdades que hasta ahora sabemos

Antonio Tejero durante el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981.
Es cierto que se han publicado más de un centenar de libros sobre el golpe de Estado (o el intento de golpe de Estado, fallido) del 23 de febrero de 1981. Y también es posible que sea cierto lo que afirma Javier Cercas, que escribió una novela llena de “verdad” según él: “El gran secreto del golpe de Estado es que no existe un gran secreto, que la verdad ya la sabemos”. Sin embargo, este miércoles estaremos pendientes de la desclasificación anunciada por Pedro Sánchez de todos los documentos (o de casi todos: al menos los que tienen a mano) del asunto este de Tejero, Milans, Armada y compañía. Bien, de hecho, exagero. Estarán pendientes Andreu Farràs y Pere Cullell, por ejemplo, que son algunos de los periodistas que han investigado con mayor intensidad las profundidades de aquel suceso histórico que, pese a todos los datos aportados, es seguro que aún retiene en las redes de pesca de verdad alguna revelación que puede ascender hasta la superficie. El resto estaremos al acecho del buceo, no con la esperanza ciega de encontrar una explicación plausible a un asunto en el que intervinieron tantas fuerzas, tantos deseos, tantas voluntades que, más o menos, se encontraron en un determinado cruce y luego optaron por caminos divergentes. No sé si eso que ha dicho Cercas ("es un gran servicio a la democracia, porque así se podrá acabar con bulos, bolas y trolas") se cumplirá. Él optó, después de cientos de páginas, por una solución sencilla a un problema complicado, muy acorde con buena parte de su opción narrativa en general. Unos hombres solos (traidores los tres a sus respectivas causas) decidieron que la “traición” era el mejor camino para hacer frente a una tragedia convertida en tragicomedia.
Lo digo porque los “bulos, bolas y trolas” tienen que ver, de manera directa con el rey Juan Carlos y con la posibilidad de que fuera la propia monarquía quien atizara el fuego de la insubordinación armada, al menos la de aquel que se quería hacer pasar por otro De Gaulle, como el de después de Mayo del 68. “No se ha podido demostrar”, ha escrito Farràs, “que el entonces monarca bendijera de forma explícita las intenciones del general Armada, pero tampoco que las rechazara, y mucho menos que las denunciara”.
Es decir, algo sabremos, porque no es poco pensar (y esto no es hacer correr ninguna bola y, por supuesto, no es ninguna trola pensada para desestabilizar la democracia en beneficio de la extrema derecha) que el jefe del Estado pensaba (o podía llegar a pensar) que un golpe de Estado sería positivo para los más altos intereses de la patria.
La ya desfigurada, tullida y vilipendiada imagen del rey emérito no sería la víctima de tal descubrimiento, porque, como dice el adagio: a perro flaco, todos son pulgas. Pero cuarenta y cinco años después, ¡45!, no estaría mal que alguien nos informara, una vez leídos los protocolos y escuchadas las confidencias, que algún secreto suficientemente grande se esconde tras las verdades que hasta ahora sabemos. No es solo una lección de historia, sino un aviso para navegantes y para súbditos de la monarquía como institución.
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