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Opinión | La Calle Nueva
Juan Cruz Ruiz

Juan Cruz Ruiz

Periodista y escritor

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Inolvidable Margarit

La guerra fratricida es el sustrato mayor de la autobiografía en la que el poeta catalán y canario hizo memoria contra cualquier intención que tuviera el olvido

Homenaje a Joan Margarit en el Instituto Cervantes

Homenaje a Joan Margarit en el Instituto Cervantes / Instituto Cervantes

Un gentío entró el miércoles en el Instituto Cervantes de Madrid para encontrarse con Joan Margarit, el poeta catalán y canario que hace cinco años dejó esta tierra para pasar, y para siempre, al mundo inasible de la historia. Su hija, Mònica, su mujer, Mariona, el director del Cervantes, Luis García Montero, poeta y amigo filial de Margarit, Pepa Fernández, que guio la noche entera, y tanta gente como allí cabía escucharon sus versos (dichos por Joan Manuel Serrat y por Ana Belén) o la música que Miguel Poveda le puso a la voz catalana del maestro.

Fue algo así como una resurrección, un reencuentro con el autor, por ejemplo, de Para tener casa hay que ganar la guerra. En concreto yo fui al acto provisto de ese libro, como si le fuera a pedir a Joan Margarit que lo volviera a decir, que lo rescatara para este tiempo en el que, otra vez, para tener casa hay que ganar la guerra.

Entre los muchos libros (poesía, casi todos) que dejó para la historia este hombre de voz potente y de mirada escrutadora, ese en concreto es como el legado y el recuerdo para un país de países que él vio crecer con la tristeza que marcaron la guerra y la enorme tragedia de la posguerra.

Había estado buscando entre sus versos y de pronto saltó esa intensa memoria que es Para tener casa…, donde Joan Margarit cuenta su niñez, sus relaciones con la vida que le inspiró su poesía, sus viajes, su estancia fructífera en Tenerife y en Gran Canaria, donde se hizo de nuestra tierra, y empecé a subrayar como en la escuela.

Él había nacido en Sanaüja, Catalunya, en 1938… Tenía cuatro años cuando empezó a hurgar en lo que le pasaba al mundo de un niño que, de pronto, sabe que lo que ocurre no es de juguete sino que es una guerra, que hiere por igual a toda la familia que, nada más nacer él, ya vivió el vaivén de la incertidumbre. Y del miedo.

Entre esos subrayados de su tiempo encontré algunos escalofríos y, sobre todo, explicaciones de lo que al fin fue el sustento de su propia memoria. Su poesía era la que nació cuando aquel niño empezó a saber por quiénes doblan las campanas. Él se recuerda así: “Mi poesía contiene la certeza de que sobre las vidas casi siempre actúa algún fatídico movimiento del destino. No recuerdo la primera vez que leí a Shakespeare y a los trágicos griegos. Tengo la absurda sensación de que no hubo una primera vez. Nunca los sentí como un descubrimiento porque siempre me dejaron la sensación de déjà vu. Me moldeó la tragedia de una guerra cruel y fratricida que sigue ejerciendo su fuerza sobre la vida política de este país, llámese España o Catalunya”.

Esa guerra es el sustrato mayor de esta autobiografía, en la que el poeta hace memoria contra cualquier intención que tuviera el olvido. Dice Margarit: “Nací a la una de la madrugada. No sé cuánto pesé, porque mi madre, a medida que envejecía, aumentaba en número de kilos. Todos brindaron con un champán que se guardaba para la ocasión. Faltaba un mes y medio para la batalla del Ebro, de la que mi tío Lluís saldría llevando a la espalda a un compañero al que un proyectil de mortero dejó ciego”.

Mientras leí esa prosa que parecía de ahora mismo, de la mañana de ahora mismo, escribí en el mismo papel en el que anoté esas memorias de Margarit: “Ojalá que jamás regrese el eco de aquel tiempo”.

Luego vino, en la noche del homenaje a Margarit cinco años después de su muerte, la poesía cantada por Miguel Poveda, en catalán. Parecía que Margarit, cuyo rostro miró todo el tiempo el paisaje de los que estábamos en el patio de butacas, estuviera jaleando al flamenco. Era un llanto mayor, una epifanía, algo así, me pareció, como si resucitara la voz del poeta diciéndole al auditorio sus versos tal como los cantaba Poveda teniendo al piano al impar Joan Albert Amargós y en la letra la impresionante huella que lleva consigo No et veuré més… No te veré más.

Serrat, Ana Belén, Miguel… Aquellos recitaron en las dos lenguas de Margarit, Poveda atrajo los versos más tristes de la noche, y yo me guardé, como si se lo fuera a dejar a un niño, aquellos textos que llevé para recordar, otra vez, el fin de su impresionado relato: “Me moldeó la tragedia de una guerra cruel y fratricida que sigue ejerciendo su fuerza sobre la vida política de este país, llámese España o Catalunya”.

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