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Opinión | 20 años de 'Polònia'
Anna Grau

Anna Grau

Periodista, escritora y exdiputada en el Parlament

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Todos con ilusión

Viviendo en Madrid, el Polònia —en sus años buenos— era mi arma secreta para descifrar las idas y venidas de la política catalana sin necesidad ni de leer la prensa

Gala de los 20 años del Polònia en el Teatre Victòria.

Gala de los 20 años del Polònia en el Teatre Victòria. / Marc Asensio Clupes / EPC

En 2006 nació mi hija (nunca se me había ocurrido que es Generación Polònia…) y yo vivía en Nueva York. En 2012, cuando la niña tenía seis años y ya volvíamos a vivir en Madrid, les puse el gag del 'Mas Style', a ella y a su padre (madrileño). Fliparon los dos. Por el gag en sí y por la lección acelerada de catalanidad que yo les invitaba a asimilar sin miramientos. Intentando hacerles entender conceptos como “jugada maestra”, “sexy presi” o “todos con ilusión”…

Viviendo en Madrid, el Polònia —en sus años buenos— era mi arma secreta para descifrar las idas y venidas de la política catalana sin necesidad ni de leer la prensa. Hilaba más fino y daba más claves que muchos artículos de periódico. El humor permitía burlar la censura sutil de aquello “que se piensa, pero no se dice” y hacerlo desde un marco mental inmediatamente identificable para quienes, como yo, habíamos crecido en un mundo “convergente de narices”.

Porque esa era la matriz de Polònia. La generación que lo parió era la que había transitado de las mayorías absolutas de Pujol a los tripartitos, justo para tomar aire antes de que el Titanic del procés encarara unos cuantos icebergs. Yo había compartido caravanas electorales con Toni Soler y Queco Novell, quien por cierto ya nos entretenía en el autobús con premonitorias parodias de los políticos del día. O de la noche.

La sátira de Polònia —insisto, en sus buenos tiempos— era tan afilada como entrañable… para según quién. Porque en principio recibían todos, pero no recibían todos igual. Los “de casa” tenían que encajar en clave de humor aquello que nunca les preguntarían en una entrevista de TV3 o de La Vanguardia, pero al final del gag y del programa no dejaban de lucir bien. Incluso cuando quedaban como unos tontos, eran “nuestros” tontos.

No pasaba exactamente lo mismo con los “otros”. Cuando la víctima de la parodia era un Borbón, Abascal o Ayuso, pongamos por caso, el humor fino daba paso al exorcismo. Sobre todo en el caso de Franco, un clásico del programa. El día de la gala en el Teatre Victòria, me sorprendió ver a un fan dirigiéndose todo emocionado al actor que lo interpreta para decirle: “me gusta mucho tu personaje”. “¿Franco?”, pregunté atónita. Sin duda hay gente para todo.

Cosa que también se demostraba cuando David Fernández, de la CUP, se marchaba enfurecido del teatro porque hubieran invitado a Sílvia Orriols. Total, solo es alcaldesa de Ripoll y diputada en el Parlament de Catalunya. Pero la reacción de Fernández venía a decir que consideraba Polònia una pelota “suya”, que no debería estar permitido que jueguen con ella los niños que a él no le gustan.

Tampoco estaba muy contento Ignacio Garriga, de Vox, que en una entrevista con Ustrell se quejó de no haber tenido nunca personaje propio en Polònia, que siempre ha preferido limitar la presencia de su partido a Abascal y Ortega Smith. Toda una declaración de principios y de lo que considera un catalán “biempensante” que es un “facha”. Bueno, ahora que a Ortega Smith lo han echado, ¿quizá Garriga tendrá una oportunidad? Esperamos acontecimientos.

He insistido un par de veces en hablar de los “años buenos” de Polònia como una pantalla definitivamente superada. Sinceramente lo pienso, que los grandes gags del pasado son muy difíciles de superar o incluso de igualar. No solo porque todo se desgasta, sino porque el marco mental que lo hizo posible quizá ya no volverá. Aquel sí es, no es. Aquel humor, pues eso, “convergente de narices”.

Ahora todo es mucho más literal, mucho más áspero, y, mira por dónde, las singularidades de la política catalana que Polònia nació para retratar están cada vez más condicionadas por la política española con la que tantas distancias se querían y se quieren marcar. Tiene gracia que los gags más exitosos de los últimos años sean en castellano y con protagonistas que viven y trabajan en Madrid. O que el gag supremo de la gala de los 20 años fuera la transformación progresiva de una “espontánea” del público en… ¡Pedro Sánchez! Un Pedro Sánchez de carne y hueso, literal, que no fue al teatro, pero sí bendijo a los artífices y asistentes en vídeo. Del “todos con ilusión” al “todos contra la ultraderecha”.

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