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Opinión | Burka y niqab

Agnès Marquès

Agnès Marquès

Periodista

Barcelona

Una forma azul

La libertad religiosa es un principio que nos define, pero no puede convertirse en coartada para normalizar la invisibilización impuesta

Mujeres ataviadas con burkas en Takhar, Afganistán.

Mujeres ataviadas con burkas en Takhar, Afganistán. / Naqeeb Ahmed

"Cuando me pongo el burka, siento que desaparezco. Ya no soy yo. Soy una forma azul que camina por la calle". Son palabras de Latifa, la autora de My Forbidden Face, un pequeño libro en el que explora su experiencia bajo la prisión de tela que imponen los talibanes. Es una mujer nacida en 1980 que, cuando cumplió 16 años, con la llegada de los talibanes en 1996, vio cómo su vida normal en una familia de clase media se trastocaba por completo. De repente, la visión reducida a una rejilla, el calor atrapado bajo la tela, la dificultad para orientarse.

Testimonios publicados por la Revolutionary Association of the Women of Afghanistan relataban escenas similares. "Si el viento levanta la tela y se ve un tobillo, pueden golpearnos". Las cartas explicaban algunas de las normas que debían seguir, como llevar zapatos que no hicieran ruido al caminar. El mandato era hacerse invisible.

En agosto de 2021, con el regreso talibán, una profesora universitaria escribió en The Guardian: "Ayer era profesora. Hoy me han dicho que me quede en casa. He escondido mis diplomas". Y una estudiante explicaba a la BBC que sentía como si su futuro hubiera sido "borrado en un solo día". Miedo, espera y silencio. Ya estamos en 2026.

En ninguno de estos relatos estremecedores el burka aparece como una idea abstracta. Estas mujeres lo describen como una experiencia corporal y social. Define quién es visible y quién queda diluida en sombra, en una forma azul.

En nuestro país, el debate sobre el velo integral o el niqab reaparece de manera intermitente, con temores y reservas que impiden avanzar en una cuestión sensible para buena parte de la sociedad, y a menudo se impulsa desde posiciones identitarias, de seguridad o de integración. El miedo al debate deja el espacio libre a posturas xenófobas que acaparan la atención ante la incomparecencia de otros. Bastaría con escuchar estos testimonios —aunque para ellas hablar sea imposible—; bastaría con leer estas cartas escritas clandestinamente desde la vivencia directa de la opresión, desde la anulación de la identidad, desde el encarcelamiento físico, emocional e intelectual que puede representar un trozo de tela.

El respeto a la diferencia nos hace mejores cuando no implica tolerar la vulneración de derechos. La libertad religiosa es un principio que nos define, pero no puede convertirse en coartada para normalizar la invisibilización impuesta. La ley debe encontrar un punto de encuentro que garantice la dignidad y la autonomía real de todas las mujeres.

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