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Opinión | Conocidos y saludados
Josep Cuní

Josep Cuní

Periodista.

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Gabriel Rufián: el deseo y la realidad

Y si es más difícil que te voten que llevar el lenguaje de la calle al Parlamento, motivar comentarios en la barra del bar, entender el poder digital, petarlo en redes y aglutinar titulares de medios, tampoco será fácil aglutinar el cainismo ideológico ancestral que, por cierto, su partido conoce bien

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Vídeo: Agencia ATLAS | Foto: EP

Es característica de la izquierda gobernante advertir del peligro del retorno de la derecha sin revisar su contribución a las causas. Dieciocho años hace de aquel comentado eslogan del PSC que buscaba movilizar un electorado desmotivado, a pesar del gag de la ceja.

Con aquel "Si tú no vas, ellos vuelven” los socialistas catalanes arrasaron y de la mano de Carme Chacón le facilitaron a Rodríguez Zapatero su segunda victoria frente a Mariano Rajoy. Quedaba atrás una enconada campaña en la que ya se hablaba mucho de inmigración y poco de vivienda, a pesar de ser esta la segunda preocupación ciudadana según el CIS. A partir de ahí, procede la duda de si el tiempo ha pasado en balde o vivimos en un bucle porque estamos en lo mismo. O eso parece. Y no porque el PSOE no haya tenido oportunidad de abordarlo entre los cuatro años siguientes de ZP y los siete largos de Pedro Sánchez tras el intervalo de cinco del PP. Que ese lustro fue de recortes que se tardó en revertir no obvia su razón: una histórica crisis financiera que se negó durante dos años y dejó las arcas públicas vaciadas.

En su justificación se aportarán otros datos y múltiples interpretaciones y todas ellas serán tan veraces como incontrovertible el resultado final. Por eso mismo, algo tendrá que ver el primer gobierno de coalición y sus apoyos parlamentarios progresistas e independentistas con la incomodidad social ante los mismos frentes y el aumento imparable de la extrema derecha.

Pero que no aplauda el PP. Su aportación tampoco es ajena al fenómeno. Ni mucho menos. De estar bien cohesionado y evitar abusos y frustraciones no se hubiera desgajado una parte de su alma que Aznar consiguió ensamblar sin que se notara el cuidado. Pero, como lo que cuenta es el presente, ahí está la derecha viendo pasar el tiempo, dividida y enojada, esperando la oportunidad que se le resiste. Sus precarios éxitos en Extremadura y Aragón delatan mal cálculo y peor tramitación. Es lo que tienen las obsesiones, que ofuscan la mirada y pervierten la razón.

Ante este paisaje, esta semana dos solistas de la izquierda han escenificado una voluntad y reavivado una salida recelada por el coro: un frente amplio y plural con el que elevar el muro contra el que choque el enemigo. Uno es Emilio Delgado, Más Madrid, pero el foco se lo lleva Juan Gabriel Rufián Romero (Santa Coloma de Gramanet, 8 de febrero de 1982).

El portavoz de Esquerra en el Congreso es un político de fulgurante carrera auspiciado hace una década por los republicanos, deseosos de ampliar su base en la Barcelona metropolitana que tanto se les resistía y que todos los comicios tras el 'procés' han demostrado que se les sigue resistiendo. La contundente evidencia Rufián la sufrió en carne propia en su municipio natal, del que aspiraba a ser alcalde. Y si es más difícil que te voten que llevar el lenguaje de la calle al Parlamento, motivar comentarios en la barra del bar, entender el poder digital, petarlo en redes y aglutinar titulares de medios que le elevan hoy para derribarle mañana, tampoco será fácil aglutinar el cainismo ideológico ancestral que, por cierto, su partido conoce bien. Quizás por eso no le avala. Por eso y porque quiere evitar su constatado desequilibrio izquierda-independentismo. ¡Ah! y por temor a aspiraciones futuras de quien fue el poeta del tuit.

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